lunes, 28 de mayo de 2012

Desengaños




—¡El siguiente! —ordenó Santa Claus, acariciándose la barba, con la vista perdida en la interminable fila de niños y madres que serpenteaba por el enorme hall del centro comercial.
La pequeña niña avanzó un paso, sosteniendo en la manito, en un suave temblor, el sobre que custodiaba su anhelado deseo.
—Felicidades —dijo Santa Claus, con voz opaca—. Como has sido una buena niña, tendrás tu regalo...
      La pequeña permaneció inmutable, resistiendo los tironeos de la madre. Algo la hab­ía hecho dudar, y clavó sus ojos en los del hombre.
        —No, mentira. Tú no eres Santa Claus. ¡Eres mi papá!
     —No es verdad —respondió el hombre, quitándose la barba postiza de un solo tirón—. Yo no soy tu papá. Mí­rame bien, no nos parecemos en nada, ¿ves? ¿Lo ves? Tu madre te lo explicará un día, no son cosas de niños. Ahora no puedo, estoy muy ocupado...
      Cuando por fin la niña se retiró, el hombre no pudo evitar un último gesto de dignidad: conteniendo las lágrimas, se decidió a leer las pocas palabras que ella le había garabateado en el papel:
      “Querido Santa, mi pedido es éste: ¡por favor, quí­tame de encima a mi padre, de la forma que sea! ¡Es un impostor!”

sábado, 26 de mayo de 2012

El rito de los últimos días

 
 
Justo al atardecer, la muchedumbre se fue congregando frente al acantilado, expandiéndose como una bruma lenta y perezosa. Desde lejos, aunque apenas si se oía la furia del mar, se los podía reconocer bien por sus brillantes túnicas rojas, su andar cansino pero seguro. Eran los miembros de la Nueva Iglesia de los Tiempos Finales, el culto más influyente y extendido en toda la historia del Mundo, desde el Año Cero hasta nuestros aciagos días. Qué amarga paradoja: la Humanidad logra por fin unificarse en su vida espiritual, justo cuando camina a paso vivo rumbo a su extinción.
El Megapastor del Condado inició la breve, habitual y conmovedora ceremonia, encaramándose sobre una roca y bramando a los cielos:
— ¿Quién es nuestro Señor, nuestra Guía, nuestro Salvador?
— ¡Jesús de Nazareth, el Coronado por la Muerte! —respondió, destemplado, el coro de los fieles, arremolinándose a su alrededor.
— ¿Y qué tentaciones le mostró el Amo de las Tinieblas a Nuestro Salvador?
Los fieles, en este punto, debían expresar con libertad sus convicciones más íntimas. El acantilado se agitó en un griterío eufórico. "Una mujer", contestó uno, y otros agregaron, a su turno: "una esposa", "hijos", "comida suculenta", "brebajes distorsionantes", "una fuerza descomunal", "el poder político", "riquezas mundanas", "viajes intra-estelares". Sobre el final del pasaje, hasta los más indecisos se expresaron: "las cosas sencillas de la vida" y "que todo sea un juego". Luego, todos callaron, y el Megapastor se dispuso en cuclillas y observó con calma a los ojos a unos y otros.
—¿Y qué dijo Nuestro Señor?
—¡Dijo que no, que no, que no!
—¿Y qué le ofreció el Dios de Todos los Cielos?
—¡Mil bendiciones!
—¿Las aceptó?
—¡No las aceptó!
El Megapastor se incorporó para la fase final del Rito, abrió los brazos en cruz y giró con exasperante lentitud hasta clavar sus ojos en el horizonte. Las túnicas rojas se repartieron en partes iguales a su izquierda y a su derecha, en memoria de los ladrones que flanquearon la cruz en el Año 33, y se desplegaron en línea frente al acantilado en una coreografía mil veces ensayada, las telas  flameando, los brazos abiertos en rememoración del Martirio de todos los martirios. En ese punto, todos pronunciaron a coro las palabras definitivas:
—Señor Nuestro, tú eres el verdadero Dios, no hay poder más grande que el tuyo, nadie podría haberte vencido, ni ofendido, ni lastimado si tú no lo hubieras querido. Nadie pudo haberte matado si tú no lo hubieras aceptado, decidido, planificado, deseado. Hágase tu voluntad.
El Rito de la Coronación de la Muerte terminó, una vez más, con la
fugacidad de una ráfaga inesperada de frío viento marino: los fieles se arrojaron desde la altura, los brazos en cruz, las túnicas rojas revoloteando en el aire brumoso del atardecer, la sonrisa franca, la mirada serena posada en las piedras de la orilla y en la espuma de las olas eternas.

jueves, 24 de mayo de 2012

El caos


 

—Recomendamos no dirigirse al centro. Las autovías se encuentran bloqueadas. Las salidas laterales registran accidentes en cantidad crítica, los niveles aéreos están completamente saturados —recitó el cronista, con tono profesional. El camarógrafo, en un gesto mecánico, giró sobre sí mismo hasta donde se lo permitía el asiento ergonómico, estiró los brazos con ademán fluido y ubicó la cámara hacia abajo, deslizándola suavemente en el soporte robotizado. Recién entonces los dos hombres se permitieron un respiro, relajados en los asientos, sin dirigirse siquiera una mirada el uno al otro. Los monitores dejaban ver las imágenes aéreas que, a esta hora, estarían replicándose en cada pantalla de la región. Las remanidas imágenes de cada día. El caos en la ciudad.  
            —Demasiado formal —susurró el camarógrafo con voz lejana—, antes le solía poner emoción. Sentido dramático. Como le gusta a la gente.
            —¿Emoción? ¿Cuál emoción? Si esto ya no es noticia para nadie —respondió el cronista, distrayéndose en las (para él) incomprensibles luces y controles del tablero—. Ya veremos. Ya veremos en la próxima salida al aire... 
            La voz del cyber-piloto resonó en la cabina, anunciando un nuevo cambio de posicionamiento. La nave se deslizó hacia la izquierda, luego súbitamente hacia arriba y, por fin, corrigió descendiendo un par de grados. Ahora, los dos se miraron. Era el tercer movimiento no programado desde el inicio de la transmisión. El cronista fijó la vista en los controles y tragó saliva. El otro corrigió suavemente la ubicación de la cámara, hacia un lado y el otro, pero enseguida volvió a reclinarse en el asiento, con gesto amargo.
            —Qué porquería de imagen —deslizó el cronista, con inocultable rencor en la voz—. No se ve nada.
 —Se ve lo que hay. Un caos. ¿No era eso lo que estaba diciendo usted?
—Bueno, muestre el caos entonces. Hay millones de personas mirando las pantallas ahí abajo. ¿Qué es eso que se ve? No es nada.    
El camarógrafo lo observó de reojo, a punto de estallar, pero contuvo el insulto, cerrando los ojos con fuerza y respirando hondo. El monitor mostraba, en efecto, imágenes confusas y desconcertantes: fragmentos de naves superpuestas, borrosas, detenidas en la ubicación que el sistema de tránsito les había asignado, luces titilantes, fragmentos de metal en fuga, vapores reverberantes. En su conjunto, el plano evocaba ciertas pinturas abstractas de la era antigua, líneas que no llegaban a ser figuras, colores entremezclados, rasgos sin sentido.
—¿Arriba cómo está?
Con notorio desgano, el camarógrafo estiró el brazo y dirigió la cámara bruscamente hacia arriba. Después de pasar por un barrido aceptable, la pantalla mostró una imagen distinta a la anterior, pero igualmente confusa.
—Es el caos, pero visto desde abajo —concluyó entre risotadas.
Sin dirigirle la mirada, el cronista oprimió el botón de comunicación con la base, en busca de instrucciones, pero sólo obtuvo por respuesta un espeso silencio.
—Nada —dijo para sí mismo.
—¿Nada? ¿No hay comunicación interna? Eso sí que es “caos”.
Furioso, el cronista habilitó el micrófono satelital y reinició su relato. A él si lo escucharían. Toda la región lo escuchaba, cada día. 
—¡Siga informándose con nosotros, siempre más cerca y más claro con todo lo que usted necesita saber! Hoy, con un caos nunca antes visto en la ciudad. Los niveles aéreos han colapsado. Al parecer, todas las naves se encuentran bloqueadas, los conductores no pueden ocultar su angustia, podemos verlo desde nuestra escotilla lateral. Hemos recibido también reportes de pasajeros con crisis de conducta, y hasta algunos incidentes violentos en las naves colectivas —tras una estudiada pausa, habilitó la música incidental de máxima intensidad y se lanzó al remate, agravando la voz—. Y la central de tránsito, como de costumbre, completamente inoperante. ¡Una vergüenza pública!
El camarógrafo se sacudía en el asiento con los ojos cerrados, remedando en tren de burla los movimientos expresivos de su colega. Lo mataría, pensó el cronista, aún sabiendo que cualquier movimiento brusco de su parte dispararía de inmediato las alarmas de control de conflictos.
—¡Cámara! —ordenó con voz seca.
Sin dejar de payasear, el otro retiró la cámara del sostén externo y la ubicó en el de enfoque interior. De inmediato, en las pantallas apareció el rostro trémulo y enrojecido del cronista, los labios nerviosos, los ojos duros, todo en primer plano tradicional. Tragó saliva y se lanzó, decidido, con el párrafo final:
—Estamos viviendo momentos dramáticos, aquí resulta ya imposible ver algo con claridad, ustedes podrán apreciar en su pantalla cómo las líneas se desdibujan, se insinúan algunas formas pero enseguida se transforman en otras, que tampoco llegan a concretarse. Oigan. Oigan cómo los sonidos de las naves se entremezclan con las lejanas sirenas de las patrullas. También pueden escucharse crujidos metálicos, alaridos apagados, explosiones mudas. El caos es total. Puede olerse en el aire viciado de cada nave la angustia de la expansión final, el terror de imponentes colisiones de masas, el capricho de planetas que olvidan de repente sus órbitas. Es la materia que se devora a sí misma. Es el fin, estimados espectadores —suspira, el rostro empapado de sudor, la mirada perdida en la escotilla lateral —. Ya no puedo comprender lo que estoy viviendo.
Riendo como un poseído, el camarógrafo se entretiene enfocando y desenfocando la imagen de su colega, rítmicamente. Una vez más, la voz del cyber-piloto resuena en la cabina, anticipando un nuevo cambio de posición: la nave se corre hacia atrás, luego a la derecha, finalmente unos grados hacia arriba. Al estabilizarse la posición, el camarógrafo cree detectar un detalle importante en el rostro de su colega, más precisamente en su ojo derecho, y hacia allí lleva el zoom con ademán seguro. En los monitores puede verse, ahora, la pupila verde grisácea que se diluye en una oleada envolvente, un estallido iridiscente, un ondular hipnótico, un degradé infinito.  La imagen del caos, por fin.


martes, 22 de mayo de 2012

Jugar con los amigos

Al principio solían juntarse los fines de semana.
Ahora, quién sabe desde cuándo estaban los cuatro ahí, hundidos en la penumbra sórdida, apenas visibles tras la luz tenue del monitor, ajenos a los reclamos del tiempo. Nicolás, el dueño de casa, había sido siempre el más apasionado. Sus padres, con la vana esperanza de que el muchacho llegara un día a ser alguien, le habían instalado ese ínfimo departamento justo al lado de la Universidad. Pero él ya no iba a las clases, y ni siquiera se asomaba por la ventana a curiosear los corrillos de alumnos que entraban y salían, aunque suponía que seguían estando allí. Las cartas de sus padres un día dejaron de llegar, y la verdad que Nicolás no las extrañaba.
Fue él quien arrastró a los amigos a esa vida, con entusiasmo obsesivo, casi como un predicador. Y ellos se dejaron seducir sin grandes resistencias por ese mundo inocente de placer, ese discurrir de puro juego. Nicolás solía mostrarles no sin orgullo sus dedos deformados en callos, testimonio de largos años dedicados a jugar sin contemplaciones. Un día, incluso, llegó a atarse con prolijidad un trozo de carne fría en su mano derecha, en busca de una concentración total, una entrega absoluta a la pantalla, sin vanas distracciones a la hora ineludible del hambre.
A diferencia de otros amigos, ellos preferían los juegos más antiguos, casi anacrónicos. Batistuta jugaba todavía en la Fiorentina y “Magic” Johnson era el mejor indiscutido de la NBA, de modo que ese mundo casi perfecto se sabía impregnado de un dulce sabor a nostalgia.
Cuando Nicolás consiguió por ahí, en un golpe de suerte, un adaptador para jugar los cuatro al mismo tiempo, ya no hubo necesidad de tener que bajar a la calle. El progreso servía para  evitar tantas digresiones molestas: las pizzas y cervezas las pedían ahora por teléfono, sin restarle atención al juego. Los desechos los tiraban por la ventana, cada tanto.
Como casi nunca se sacaban ventaja, los partidos se hacían cada vez más largos. Cuando todos hubieron ganado varios campeonatos completos se pusieron a organizar campeonatos de campeonatos, y hasta copas de ganadores de entre los ganadores. Mientras se preparaban para eventuales y deseadas batallas contra los japoneses, héroes míticos, invencibles campeones en la especialidad, los cuatro amigos eran apenas conscientes de su íntima transformación. El pasado se alejaba como una nebulosa de hechos inverosímiles, poblada de profesores aburridos, novias eventuales, empleos malogrados.
Había llegado el momento de lanzarse sin temores a la empresa más osada, al nivel más alto, a jugar sin límites. Estaba comenzando la megabatalla final, que incluía todos los juegos y todas las variantes. Y los cuatro se habían juramentado que esta vez, ahora sí, el juego nunca iba a terminar.
Amanecía ya, con una llovizna sucia, pero los amigos no miraban otra cosa que no fuera su propia sombra en la pantalla. De cualquier modo, ya nadie andaba por las calles en esa ciudad desierta, de ventanas eternamente palpitantes. Y lo que es peor: pronto tampoco saldrían los repartidores de pizza.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Sólo el silencio podrá salvarnos

En el comienzo fue el verbo. Esto quiere decir que todo podía hacerse, y de hecho todo se hacía: palpitar, soplar, matar, presentir, tronar. Pero, al existir sólo el verbo, las acciones se ejecutaban por sí mismas, sin nadie que disfrutara de llevarlas a cabo, y sin afectar a ninguna cosa.
Entonces, como toda ausencia genera una creación, los verbos inventaron a los sustantivos. El Universo se pobló de seres que palpitaban, mataban, o eran palpitados, presentidos, soplados, tronados.
Al ser creados los sustantivos apareció la guerra, razón final de todas las cosas, motor de la luz y de la oscuridad. Todos los sustantivos, naturalmente, pretendían ser sujetos, y no había quien aceptara ser predicado por los demás. La primera gran guerra aniquiló y revolvió el Universo varias veces, hasta que por fin surgió el ganador, que fue Dios. Segundo salió el hombre. Y después, muy lejos, los demás sustantivos.
Si hubiera ganado el hombre, tal vez, él mismo se habría ocupado de crear a su compañera. Pero lo cierto es que el vencedor impuso sus propias condiciones: le adosó una mujer a cada hombre, y una femenina a cada masculino, con lo cual sentó las bases para la segunda conflagración universal: la guerra de los géneros, también llamada querella del yin y el yang. La primera gran guerra había dejado un cúmulo de rencores, pero nadie se había atrevido a protestar salvo la serpiente, que por algún motivo se consideraba femenina desde siempre. Dios se enfureció y la mandó a arrastrarse por el barro. También la mujer (sustantivo de segunda generación) desató con sus chillidos la ira de Dios, que la mandó a parir. Y al hombre, de paso, lo condenó a trabajar por siempre. “Arrastrarse”, “parir” y “trabajar” eran verbos que ya existían, pero nada ni nadie hasta el momento los había ejecutado.
La segunda gran conflagración resultó aún más devastadora: lo masculino y lo femenino se enfrentaron durante una eternidad completa. Algunos y algunas intentaron calmar las cosas creando los adjetivos, y permitiendo así que una manzana pudiera ser deliciosa o tentadora, que un león fuera asesino o cariñoso, y lo mismo con todo lo demás, moderando o equilibrando lo que fuera. La situación hubiera mejorado, a no ser porque Dios y Diosa no aceptaron adjetivos, y siguieron enfrentados hasta destruirse por completo, arrastrando con ellos al Universo entero.
Como ya es sabido, cuando todo desapareció fue otra vez el verbo, y así sucesivamente. Claro que faltaba aún lo peor: la gran batalla de los adverbios, la de los tiempos verbales, la refundación de las conjunciones, la segunda conflagración de los géneros en el interior de cada ser, y tantas otras catástrofes que no me animo siquiera a imaginar.
No diré más. Conservo aún una esperanza íntima: alcanzar por fin el silencio (sin que “alcanzar” sea un verbo, ni “silencio” un sustantivo, y aceptando que “por fin” es lo mismo que “en el comienzo”). Callemos

martes, 15 de mayo de 2012

La vida es un domingo de sol





La felicidad está hecha de pequeñas cosas, gestos efímeros, niños jugando en el parque. Una verdad simple y llana que salta a la vista. Como la tierna mano de la muchacha que acaricia su vientre, los ojos del joven que la miran presintiendo otras caricias, la respiración aliviada de la señora que va charlando con su perrito, los respingos del animal y el hocico extendido tras la verde promesa. Un domingo de sol en el parque, sobre todo en otoño, es algo perfecto.

Los chiquilines alborotan a los pájaros, corren en zigzag, se tocan y se escapan, saltan sobre el hombre que descansa en el pasto y siguen de largo como si tal cosa. La abuela sonríe en la reposera, aferrada a las certezas de la sombra y el mate. Ella los mira sin verlos porque sus felicidades no requieren más certezas. No presta tampoco atención al hombre sobre el que los niños han saltado, ni al bolso de cuero en el que apoya desmañadamente su cabeza. El guardián sí lo ha visto, pero opta por un silencio profesional, embriagado por sordos relatos futboleros, convencido de que la tarde cobija por igual a los que pelean por el turno en las hamacas, a los padres que observan a otras madres con modesta lascivia, a los hipertensos que cumplen sus rutinas de caminatas circulares, a los solitarios que cierran los ojos sobre el pasto, bajo el sol del otoño. La señora del perrito piensa apenas que el bolso de cuero marrón no encaja con esos pantalones desflecados, los zapatos sucios, el pelo enmarañado de mugres varias.

El sector más animado es el de los juegos, que rebasa de saltos y carcajadas. El vendedor de garrapiñadas se mordisquea los bigotes, satisfecho con la algarabía de golosos frente al puesto. Por los senderos se entrecruzan autitos y bicicletas de alquiler, y en el claro se desató un picadito: abuelos en jogging, niños que corren sin destino, padres con ínfulas de triunfo y hasta alguna nena a la espera de patear. Hay un gol, y los más pequeños corren entre festejos ampulosos, esquivando bicicletas y caminadores. La pelota ha ido a rebotar con violencia en el vientre del hombre del bolso, que permanece inmutable, sin protestas ni enojos. Mientras, el joven se lanza a besar a la muchacha y le acaricia el vientre sin pudores.

Cerca de la esquina, sólo un círculo perfecto de apenas unos metros permanece desierto, como demarcado por alguna invisible negativa. Justo en su centro aquel hombre descansa, la cabeza inerte sobre el bolso, indiferente al mar de vida que lo rodea. Tampoco se mueve cuando el perrito se llega a su lado. Ni pestañea cuando le orina de lleno en la cara. Se diría que ni respira. Ni siquiera lo hace horas después, con el rostro pálido bañado por el manso atardecer, en la dulce modorra del domingo, mientras el parque empieza a quedarse vacío, silencioso, inmóvil.


domingo, 13 de mayo de 2012

Pájaros



El sol golpeaba esa tarde con un resplandor feroz sobre el camino, el trigal, el sombrero de paja. Vincent trepó el último repecho, ubicó de un golpe de vista el sitio preciso, se secó la transpiración con la manga y se apuró a armar su caballete. Ni bien terminó de hacerlo, el cuadro ya estaba pintado en su mente: el trigo era un mar ocre que ondulaba suave pero nítido, el camino una serpentina verde en fuga hacia el horizonte y a la vez hacia arriba, pleno de vida. El cielo azul, sin una nube, vibraba con reverberaciones eléctricas que sólo él podía ver. Vincent se puso a trabajar con la pasión de siempre.

            Tiempo más tarde, con la obra ya delineada en la tela y los colores deseados a punto de aparecer, un cuervo vino a posarse sobre el caballete. Vincent lo observó, sin miedo, y siguió adelante. Algunas tenues nubes estaban apareciendo sobre el horizonte y la luz no iba a durar mucho más. Esa luz viva y destellante que había buscado toda su vida, y que por fin había encontrado en Auvers. La única que le permitía ver las cosas tal como en realidad eran. Y que lo colmaba de felicidad.

            Pero otro cuervo se presentó frente al artista, y otro, y otro más. En vano Vincent trató de espantarlos: primero con la mano manchada de ocres, verdes y rojos pastel, después con insultos destemplados y patadas. No hubo caso, los cuervos seguían allí, mirándolo como quien afirma lo imposible, opacando la luz de la vida con sus graznidos mudos, sus certezas oscuras, sus “nunca más”. Empañando el cuadro y la efímera felicidad del pintor.

Vincent corrió a su habitación y, cuando regresó con la pistola en la mano decidida, un torbellino de aleteos negros revoloteaba ya a su alrededor como una plaga maligna, oscureciéndolo todo. Vincent no se preguntó de dónde venían tantos pájaros, ni se asombró de que en pocos segundos parecieran cubrir el campo entero con su espeluznante sinfonía de graznidos. Miró el horizonte y descubrió con horror que dos gruesos nubarrones se dibujaban en medio de lo que sería su cuadro, de lo que tenía que haber sido su cuadro.

—Los malditos parecen oler el agua —dijo en voz alta. Cargó la pistola y la emprendió insensatamente a los tiros contra los pájaros de la noche.   

sábado, 12 de mayo de 2012

Ventanas

 

                                                
“Ése hombre,
que ha filmado el miedo mejor que nadie, 
es a su vez un miedoso.”

                                                (Francois Truffaut: “El cine según Hitchcock”)


Enfrente de mi casa hay un hombre que me mira. El tipo no deja de mirarme, sentado inmóvil frente a su ventana. Se diría que, desde hace por lo menos una semana, no hace otra cosa más que mirarme. Está allí todo el tiempo, día y noche, imperturbable, tal vez postrado.
Claro que yo podría, sencillamente, cerrar las cortinas y olvidarme del mirón, pero la verdad es que no quiero darle el gusto. Al comienzo, preferí moverme en penumbras, como un delincuente. Hacer como que no lo veía, arrodillarme y gatear bajo el marco de la ventana cada vez que tenía que ir al baño o a la cocina. A mi mujer ni le hablé del tema, no valía la pena. ¿Para qué contarle? ¿Para aguantarme una vez más sus burlas, su media sonrisa de superioridad, su taconear prepotente rumbo a la puerta, su saludo displicente antes de salir? Así que me pasé todos estos días aparentando normalidad, pero sintiendo en la piel, como una herida, la insolencia de esa mirada.
Anoche me invadió una idea perturbadora: esta historia ya había sucedido, yo la había vivido. O tal vez la había oído, vaya a saber de boca de quién. ¿Pero dónde? No podía recordarlo. Tentando mi suerte, volví a fumar frente a la ventana como de costumbre, busqué los discos de mis conciertos preferidos y los escuché a todo volumen, traje los prismáticos y me dediqué a observarlo. El tipo parecía tener un yeso en el brazo. Tal vez, también uno en la pierna. Y no sólo me observaba, también me estaba fotografiando con una de esas cámaras profesionales. En un arrebato de coraje, de indignada estupidez, me bajé los pantalones y le mostré el culo. Pero él siguió allí toda la noche, la cámara firme entre las manos, tenaz en su afiebrada obsesión.  
¿Cómo era esa historia cuyas remembranzas batían oleadas de imágenes esquivas en mi mente? ¿Cómo terminaba? Busqué respuestas en los libros, en las computadoras, hasta en mi memoria, mientras rumiaba mis ganas de mirarlo con todos sus yesos y sus cámaras, de insultarlo. Para ser sincero, mis ganas de matarlo. A la hora de la cena, mi mujer salió desnuda del baño, se secó despacio frente a la ventana, se perfumó, se calzó su vestido rojo y se encaminó una vez más taconeando hacia la puerta, deslizando al pasar su media sonrisa. Y ahí fue que sucedió, en apenas un instante que pareció disolver el tiempo en el aire. El nombre de la película no pude recordarlo, pero sí la trama de todo lo que iba a suceder de allí en más, hasta el inevitable final. Y, en la medida de mis posibilidades, decidí superponer la historia que tenía entre manos con la que el recuerdo, implacable, ahora me devolvía, oscuramente consciente de que no había otra salida.

Ha llegado el momento: ahora me toca actuar a mí, es necesario que suceda lo que debe suceder. Ya entregado a mi destino, corro adelantándome a los taconeos desdeñosos, cierro la puerta con llave, vuelvo a subir la música para que él no tenga forma de escuchar los gritos, busco la cuchilla en la cocina y la pala en el desván. Comienza entonces mi escena más notable, esa en la que por fin tomo la cuchilla con mano firme, avanzo amenazante hasta arrinconar a mi mujer contra la pared del dormitorio, y todo lo demás que ya se sabe, sustrayendo de todas las miradas eso que ellas, precisamente, más ferozmente anhelan.
Como el otro debe permanecer aún allá enfrente, su estúpida mirada clavada en mí, me armo de paciencia. Ya se irá a dormir, solo necesito un poco de tiempo para salir al jardín y enterrar el cadáver junto al cantero donde, tarde o temprano, algún indiscreto perro del vecindario habrá finalmente de encontrarlo.

 

jueves, 10 de mayo de 2012

Sentimental



Tanto la quería que un día, al final, no aguanté más y se lo dije:
—Te quiero.
—Ah, muy bien.
—¿Cómo que “muy bien”? ¿Sólo eso?
—Sí, claro. Muy bien.
Ella dio la media vuelta y se puso a picar cebolla sobre la mesada.
Me quedé mirándola, esperanzado porque su rostro no indicaba el menor rastro de ironía. Después me acerqué, estirando la cabeza hasta casi rozar la tabla de picar, y respiré profundamente. Las lágrimas brotaron de mis ojos.
—Te quiero— le dije con voz entrecortada.
—Sí, ya sé —contestó. Puso aceite en la sartén, volcó las cebollas picadas y las revolvió suave y rítmicamente con la cuchara de madera. Yo la abracé con fuerza, la mordí en el cuello, le susurré al oído con voz afiebrada:
—Te quiero, te quiero, ¡te quiero…!

Ella fue hasta la heladera, sacó la carne y los morrones y regresó junto a la cocina, llevándome a la rastra como un animal hambriento aferrado a su presa.
Al momento de servir la mesa, ya todo mi amor se había derramado en sus ropas. Exhausto, me dejé caer en la silla. El almuerzo lucía delicioso, y yo estaba hambriento, satisfecho y feliz.
La clave para mantener vivo el matrimonio es decir lo que uno siente.

martes, 8 de mayo de 2012

Creencias

—¡Que levanten la mano los que creen en los platos voladores, no tenemos todo el día!— urgió el pequeñito.
La multitud de curiosos se agitó en un tenso silencio. Los ojos, lastimados por la intensa luz, pugnaban por mantenerse atentos. Las manos nerviosas se restregaban solas, el tiempo se demoraba como una espesa ola. De a poco, fueron apareciendo los primeros creyentes: un niño levantó su bracito trémulo, una mujer tullida exhaló una aprobación desgarradora, una familia completa se apresuró a decir que sí. La multitud les abrió paso, pero ellos no se movieron.
—Bueno, adelante entonces, pasen al interior y vayan acomodándose donde más les guste— dijo por fin el pequeñito, agitando graciosamente sus catorce brazos y babeando un zumo morado por los orificios laterales. Los creyentes, unos quince en total, ingresaron a la nave rodeados de miradas de fascinación, de envidia, de estupor, de sorpresa, de incredulidad. El pequeñito subió detrás sin dejar de agitar los brazos. Las compuertas se cerraron con un suave siseo y la nave se elevó en el cielo, se detuvo un instante sobre las cabezas de la multitud de incrédulos y desapareció por fin de la vista en un estampido de luz.
A lo largo de todo el viaje, cuya duración exacta nadie habrá podido calcular, los creyentes no se despegaron de las lunetas de observación. El universo, mudo y extraño espectáculo, se mostraba entero a sus ojos: planetas multicolores, formas inconcebibles, paletas astrales de colores nunca vistos, la hondura incomprensible del espacio vacío.
La nave se detuvo, en algún sitio. La compuerta se abrió, esta vez sin ruido alguno. El pequeñito salió al exterior y permaneció allí, frente a los ojos humanos, sereno, contundente, flotando en la espesa oscuridad, acariciado por miles de lucecitas parpadeantes.
—Ahora —dijo sin mover los brazos—, por favor levanten la mano los que creen en Dios.

Barcas

Otra vez el balanceo, como cada noche. En lo más oscuro y callado del sueño, ahí está la misma sensación: el mecerse al ritmo de las olas, un suave cacheteo sobre la barca, el viento marino abriendo el aire en los pulmones.
Antes de oír una vez más los primeros cantos de sirena, pudo tantear los laderos de la cama, las sábanas arrugadas, la manta, el colchón, su ropa revuelta en el piso. Aliviado, se dio la vuelta y siguió durmiendo.
Sabía muy bien que lo peor, en estos casos, es abrir los ojos: uno puede despertarse amarrado a la baranda o al timón, mareado por la furia del temporal, o bien rodeado de infinitas barcas de pesadilla. Y también, según dicen, la barca podría desvanecerse ante la menor presencia de un mar, o transformarse en un caldero en el que se puede arder para siempre.

sábado, 5 de mayo de 2012

Diálectica


Su gran aporte al mundo del conocimiento fue la comprensión profunda de la estructura dialéctica de la vida. Había dado inicio a sus trabajos sobre el tema aquella vez que observó que recién había logrado acostarse con esa bella mujer tan anhelada (tras largos meses de asedio) apenas unas horas antes de que su propia madre muriera de improviso. El episodio, como una iluminación, le permitió comprender el carácter inapelable y dramático de las contradicciones inherentes a la vida.
Tiempo después, sus esfuerzos fueron recompensados con el anhelado cargo de Profesor Titular Extraordinario en la Facultad en la que trabajaba. Pero al día siguiente, una súbita crisis económica lo dejó en la calle con un certificado inservible en las manos.
Terminó de redondear su teoría aquella vez que fue asaltado en plena calle, mientras reflexionaba distraído acerca de estos y otros extraños sucesos. Esa tarde, lo golpearon tanto que tuvo que ser trasladado al Hospital de Urgencias, donde conoció a la amable enfermera que habría de ser el gran amor de su vida.
Durante la larga convalecencia se abocó a la comparación de datos y variables, recopiló cientos de casos certificados de contrastes y paradojas, y formuló la conocida Ley General de las Contradicciones: “A lo peor sigue siempre lo mejor. Y a la inversa”.
Insaciable, se dedicó entonces a experimentar con su propia existencia, convencido de que no bastaba con comprender el mundo sino que era necesario, también, poder transformarlo.
Sus investigaciones terminaron debido a un insignificante error de cálculo. En busca de un instante supremo de lucidez, se había arrojado desde un tercer piso en construcción, pretendiendo provocar así, en su propio cuerpo, la esperable antítesis: una suprema felicidad gestada por el máximo dolor. Inexplicablemente, lo único que consiguió fue la muerte.

viernes, 4 de mayo de 2012

Presente griego




—¿Y cómo será ella? ¿Qué creen ustedes? ¿Se la pueden imaginar a la tal Helena? —preguntó Andreas con voz sinuosa.
—Eso tendría que decirlo Ulises, él la conoce —susurró Vasilios prudentemente—. Yo, si quieres saberlo, me la imagino atravesada por mi espada. Es por su culpa que estamos en estas miserables tierras troyanas desde hace diez años. Por su culpa nos estamos asando en este ridículo caballo de madera.
—Yo me la imagino rubia, altanera, bien formada. Una hembra fantástica. Una yegua de los pies a la cabeza…
Ulises, que desde el amanecer dormitaba (o fingía hacerlo) junto a la puerta de acceso al carromato, abrió los ojos y rebuscó con la mirada en la penumbra cargada de sudores y vapores humanos. A su alrededor, los hombres más valiosos del ejército griego soportaban con estoicismo el penoso viaje, apiñados unos contra otros. Los guerreros se hundieron en un temeroso silencio, pero ya era tarde: Ulises lo había escuchado todo.
—A decir verdad, no es gran cosa esa Helena —dijo el jefe con tono cómplice—. Nada, pero de verdad nada al lado de mi bella Penélope.
El silencio, de a poco, se fue poblando de risotadas masculinas, carraspeos picarescos, palmadas fraternales. Estaban entre hombres, lo habían compartido casi todo, y podían entonces soltar la confianza y dejar fluir la camaradería de los soldados.
—A mi Irene —se animó Andreas— se le ponen las tetas duras cuando la beso. Como si le fueran a reventar.
El extraño carromato con forma de caballo se sacudió entre alaridos groseros y golpes de puño en las maderas, mientras recorría a paso de hombre las resecas planicies troyanas. Afuera, los esclavos se miraron con curiosidad, pero siguieron tirando de las sogas. Sus fuerzas parecían haberse renovado desde el momento en que empezaron a vislumbrarse, a lo lejos, las imponentes murallas de la ciudad de Troya.
—Y a mi Demetria —se envalentonó Vasilios— lo que más le gusta es que se la meta en la boca. Es la más puta entre todas las griegas…
—¿Saben lo que más le gusta a Penélope? —dijo Odiseo provocando un respetuoso silencio— Lo que de verdad la vuelve loca es que le mienta. Le digo que ya no la deseo, que está gorda, que buscaré una esclava más joven. Ella no me cree. O tal vez sí. Pero lo cierto es que se excita, se desespera, se rebaja. Viene a tirarse a mis pies y me ruega que la manosee, que la golpee si es eso lo que quiero, que la ultraje con su vestido de reina. Después, me saco la ropa y me estiro en la cama. Ella sabe que es el momento de honrarme, de frotar sus pezones contra mis muslos, de deslizar su lengua entre mis piernas, de bambolear su culo frente a mis ojos…
El relato del jefe se extendió como un bálsamo entre los bravos guerreros. Se diría que un tonificante elixir de Afrodita había ido descendiendo en el ambiente y reviviendo cuerpos y espíritus. Apenas si podían moverse allí dentro, pero a medida que el relato avanzaba la masa humana se fue poniendo en movimiento. Las puntas de los dedos rozaron espaldas, rodillas, axilas, glúteos. Retorciéndose como serpientes, los hombres se desnudaban, se deslizaban ungüentos por los pechos velludos, se frotaban unos a otros con creciente desparpajo. Luego, aprovechando la penumbra, algunos tomaron sus lanzas, humedecieron los cabos con las lenguas y comenzaron a introducirlas dentro del camarada más cercano. Otros, en tanto, se manoteaban y agitaban los miembros al azar.
El grupo de los hoplitas se reacomodó trabajosamente en el flanco izquierdo y, después de quitarse todos los atuendos y defensas menos los yelmos, se dispuso en apretada hilera, uno detrás del otro. Así se penetraron, marchando en el lugar, empujando cada uno al de adelante con energía guerrera y remedando entre alaridos formidables las formaciones militares aprendidas. Otros, menos audaces, se acurrucaban en los rincones a chuparse en un ovillo, o se ofrecían al camarada más cercano con gemidos lastimeros. Eso sí: nadie se animó a tocar al gran Ulises, lo admiraban demasiado. Sólo su ayudante personal, con una destreza largamente aprendida en tantas noches cargadas de presagios guerreros, lo masturbó lenta y respetuosamente.
En tanto, los esclavos (conocedores ya de las costumbres griegas pero ahora levemente inquietos por la situación), siguieron tirando y tirando del carromato hasta que lograron acceder a las puertas de la ciudad, atravesarlas entre hileras de soldados enemigos que los observaban expectantes, y depositar por fin el presente griego prometido en el centro de la plaza de armas, con un último envión. Allí permaneció el enorme caballo de madera, la genial idea del gran Ulises, esfuerzo de ingeniería y reflejo de siglos de cultura.
Los soldados troyanos, al principio con curiosidad y después arrastrados por una irrefrenable necesidad de conocer y comprender, se acercaron a la mole de madera, treparon por los flancos para escuchar mejor los gemidos, los jadeos, los alaridos que emitía la bestia. Se asomaron también por las rendijas para poder apreciar, sin vergüenzas, las convulsiones gozosas de sus entrañas, fascinados y extasiados ante un espectáculo que los perturbaba como un festín de los dioses. Así permanecieron un largo rato, hasta que el valiente Paris se abrió paso entre la multitud. Su voz se impuso como para que todos, dentro y fuera del caballo, pudieran oírlo:
—¡¡Astuto Ulises!! ¡En nombre del pueblo troyano quiero decirte que acepto el regalo que nos han traído! Te estaré eternamente agradecido por esta fabulosa muestra de cultura griega.
Al oír esto, los esclavos del ejército griego huyeron aterrorizados, perseguidos por alguno que otro bravo troyano. En Palacio, las mujeres troyanas se arremolinaban en torno de Helena, la palmeaban como hermanas, le besaban las mejillas con ternura. Por primera vez, estaban empezando a comprenderla.

jueves, 3 de mayo de 2012

Ulises, el astuto




Juntó coraje y se dispuso a entrar. Después de veinte años fuera de casa, debía hacerlo con gran cautela. Pero él ya había tomado sus precauciones: el cuerpo marcado con falsas heridas, el escudo y el yelmo abollados intencionalmente, la espada teñida de rojo.
Entró en puntas de pie, esquivando incontables agujas y tejidos que poblaban cada rincón de la habitación. Astro, el perro, de tan viejo ni ladró. Mejor así: Ulises había planeado acostarse en silencio y arreglar las cosas recién por la mañana, con más tranquilidad. Pero Penélope se le adelantó:
—Apareciste… Era hora —le dijo apretando los dientes.
—Es que me pasó de todo, el mar estaba imposible: tormentas, cíclopes, sirenas, dioses vengativos…
—¿Y Circe? ¿Eh? —preguntó ella con sonrisa maligna—. Esa bruja…
—¡Sí, una bruja! —improvisó él—. Prepara manjares con veneno para que los viajeros…
—¡Basta, Ulises! Me hartan tus historias.
—¿Anduviste tejiendo?
—En algo hay que ocupar el tiempo...
Un clamor lo sobresaltó: enterado de la noticia, el pueblo de Itaca se congregaba para homenajearlo. Perfecto, pensó Ulises, estoy salvado. Se asomó a la ventana y comprobó que, en su ausencia, casi nada había cambiado. Sólo que, ahora, todos los varones de la isla usaban ropa tejida a mano.

Autoayuda


—Hay que tener buena onda, quererse un poco más —le había dicho una vez a su amigo en desgracia—. Y ya verás cómo todo mejora.
Lo dijo solo por decir, por fraterna humanidad, pero todos se burlaron tanto de eso que al final se obstinó en creerlo realmente. Por esa causa, el día en que lo despidieron del empleo por inútil, se tomó la noticia con calma sabiduría:
—Yo soy valioso. Yo soy talentoso. Yo me quiero —le susurró entonces con un guiño a su imagen en el espejo. Y el día mismo del despido se lanzó a vender chucherías en los trenes, enfrentando cada jornada con envidiable optimismo. En un par de semanas estaba ya en la ruina más total, y su mujer lo había abandonado sin siquiera dignarse a saludarlo.
Volvió frente al espejo y, después de acariciarse largamente, se vistió, se perfumó, se sonrió y salió a la calle dispuesto a disfrutar de su nueva libertad. Esa mañana, encaró con seductora solvencia a más de treinta bellas mujeres, las que lo rechazaron sin contemplaciones, abrumadas por su masculina seguridad. Confundido, buscó a los viejos amigos, pero no tuvo con ellos mejor suerte.
—Ahora no puedo ayudarte —le decían—. Estoy ayudándome a mí mismo.
Murió en la calle, sólo en su indigencia, disfrutando de si mismo hasta el último aliento.