miércoles, 15 de noviembre de 2017

El tratamiento



            
             —Número 438, verde —se escuchó por los parlantes, —pase al consultorio setenta y seis.          
          Era su turno, pero no quería entrar. Tampoco hubiera querido estar ahí sentado las dos horas que estuvo hasta que lo llamaron, pero Marcia le había dicho que sí, que tenía que ir, que ya la situación no daba para más, que si no iba se fuera olvidando de ella. Marcia estaba buena. Y era afectuosa. Parecía dura, pero siempre en un punto la mirada se le perdía, y entonces ya no era dura y empezaba a humedecerse por varias partes.   
            Entró al consultorio. Vio que había una camilla, un pequeño escritorio de metal y dos sillas destartaladas. Se sentó en la que tenía más cerca.
—¿En qué lo podemos ayudar, número 438 verde? —preguntó la voz por los parlantes.
—No, yo estoy bien. Vine porque me dijeron.
—¿Quién le dijo?
—Marcia
—Ajá, ¿y por qué?
—Porque dice que me pongo loco, que me sale la violencia. Y que no me conoce cuando me pongo así.
—Muy bien, salga del consultorio, siga por el pasillo hasta el fondo, vaya para la izquierda, siga, pasando los baños, hasta la puerta verde que dice “oficina de personas desconocidas”. Golpee y espere a que lo atiendan.
Él obedeció. Siempre había sido un tipo más bien áspero al trato, sobre todo con Marcia. Ella decía que con él no se podía hablar. Que era un animal.  Pero con los médicos la cosa era distinta: a ellos los respetaba, seguramente porque las enfermedades le daban terror. Así que se fue por el pasillo, esquivó a un anciano dolorido que alguien había dejado en una camilla por ahí, pasó junto los baños pero no entró a orinar (porque no le habían dicho que lo hiciera), dobló a la izquierda por instinto o de pura casualidad (porque nunca se acordaba cuál era la izquierda y cuál era la derecha) y llegó junto a la puerta verde. Se detuvo y leyó.
El cartel no decía “oficina de personas desconocidas”, sino simplemente: “personas desconocidas”. Pensó que se trataba de otra dependencia, que se había equivocado, así que no golpeó y regresó por donde había llegado. Pero, aunque consultó a todos los que se le cruzaron (incluyendo al anciano de la camilla), nadie lo supo orientar. Hasta que vio, junto a los ventanales del fondo, a una médica delgada que fumaba nerviosamente, echando el humo hacia el exterior por una rendija. Se acercó a ella y le preguntó por la “oficina de personas desconocidas”.  
—Vaya a la planta baja —respondió de inmediato la doctora—. Busque la recepción central y ahí le van a indicar. ¡Pero no se vaya a escapar, eh! Si está a la mitad de un tratamiento lo peor que puede hacer es abandonarlo—. Después tosió un poco y siguió fumando junto a la rendija. Él le dio las gracias. No, no se iba a escapar. Era verdad que no quería venir, pero ahora que ya había venido, no se iba a escapar.    
Bajó por el elevador hasta la planta baja y buscó el amplio mostrador de la recepción central. Había tres colas de pacientes y se puso en la más corta, que al final resultó ser la más lenta. Cuando llegó su turno, una empleada de delantal verde y mirada bizca le preguntó, mirando más bien al vacío:
—¿En qué lo puedo ayudar, número 438 verde?
Era su número, se lo había aprendido de memoria mientras esperaba en el primer consultorio, pero ahora no lo encontraba. Buscó y rebuscó en todos los bolsillos y no había ningún papelito. ¿Lo habría dejado en el consultorio?   
—Está bien, no hace falta —lo tranquilizó la empleada, fijando la vista en la pantalla de la computadora. Sus ojos parecieron enderezarse—. A ver… 438, verde… ¿tiene la autorización del tratamiento?  
Él negó con la cabeza y ella lo fulminó con la mirada. El ojo derecho parpadeaba levemente.
—Cuarto piso del anexo, por aquel lado. “Oficina de autorizaciones”, —gruñó—. ¡Cuarto piso! ¡Por aquel lado!
Esta vez no tuvo problemas en encontrar la oficina, en el cuarto piso del anexo. Golpeó la puerta con los nudillos. De inmediato se asomó un médico. Era un tipo alto y fibroso, con aspecto de deportista y mirada vidriosa.
—Venga, pase—le ordenó, como si hablara con otro.
—Me mandaron acá —fue lo único que se le ocurrió decir.
—Sí, ya sé. Lo mandó Marcia. Porque se pone violento y ella no lo conoce, y qué se yo…    
—Sí, sí, ese soy yo. El 438 verde —asintió, mientras rebuscaba en los bolsillos. Esta vez el papelito del número apareció enseguida. Se lo extendió al médico, pero éste ni le prestó atención.
—Sáquese la ropa— ordenó el médico.
La habitación estaba completamente vacía, así que se fue a un rincón, le dio la espalda al médico y se sacó los zapatos, las medias, la camisa, los pantalones y los calzoncillos. Cuando se dio vuelta con la ropa en la mano vio que el doctor alto y fibroso estaba justo enfrente suyo, también desnudo y con la ropa en la mano, dirigiéndole su mirada vidriosa.
Eso es lo último que recuerda. Tal vez lo hayan anestesiado. Tal vez lo operaron, o le hicieron algún estudio. Cuando se despertó, lo primero que hizo fue tocarse el cuerpo a ver si le faltaba algo. Pero no, estaba entero. Y la verdad es que no le dolía nada.  Lo único raro es que había perdido la noción del tiempo, y el mundo oscilaba levemente ante sus ojos como si lo hubieran drogado, o algo así.
En las largas horas que siguieron, aprendió a calcular el paso del tiempo gracias a los cambios en el dibujo que formaba la luz del ventanal al proyectarse sobre la pared del pasillo. Tenía un poco de hambre, y pensó que tal vez le iban a traer algo de comer. La única molestia, por ahora, era que se acalambraba de tanto estar en la misma posición y entonces tenía que girar un poco para un lado o para el otro. Alguien vendría a verlo, en algún momento. O no: tal vez se habían olvidado de él. Hacía como ocho horas que estaba ahí tirado en esa camilla, abandonado en un pasillo. Las personas (médicos, pacientes, lo que fuera) pasaban al lado suyo todo el tiempo, pero nadie le prestaba atención. A lo sumo, lo esquivaban.
Ahora casi no piensa en Marcia, ni en ninguna otra cosa, pero está seguro de que ella se va a poner contenta cuando lo vea. Ahora sí que no lo va a reconocer.
En un momento apareció la médica que fumaba junto al ventanal, y que tan amablemente lo había atendido. La reconoció por la tos, ya desde que asomó por el fondo del pasillo. La médica se detuvo un instante junto a la camilla y le dio unas palmaditas cariñosas en la panza.
—¿Y? ¿Cómo va esa recuperación, paciente 438 verde? —preguntó, y sin esperar la respuesta se alejó por el pasillo con paso nervioso, hasta que la tos dejó de oírse.

lunes, 10 de julio de 2017

La obra



Cuando extendió la mano y apartó un poco el telón para ver qué había del otro lado, sintió una suavidad cautivante. Aunque se moría de ganas de mirar, se entretuvo largamente con esa especie de tibieza amorosa que la felpa roja le transmitía sobre el dorso de la mano. Entrecerró los ojos y permaneció a la espera de más sensaciones. Perdió la noción del tiempo, mientras acudían a su mente imágenes perturbadoras. Mientras tanto, la otra mano se le iba acalambrando por el peso de la caja de herramientas que era parte de su equipo de trabajo.    
—¡Dale Flaco?, ¿qué carajo hacés parado ahí? ¿Vamo´a laburar o no vamo´a laburar? —le gritó el Gordo, y de un empujón lo metió en el escenario. La caja de herramientas se abrió al chocar contra el piso y saltaron cosas por todos lados. 
—Ahí, debe ser ahí —ordenó el Gordo, señalando un gran hueco irregular que había en el piso de madera.
El Flaco se levantó como pudo, juntó sus herramientas con las dos manos y después se acordó de que tenía la orden de trabajo en el bolsillo lateral de su pantalón de fajina. Sin soltar las herramientas, apretando el martillo, el serrucho, los destornilladores, el cepillo de carpintero bajo la axila, se fue inclinando lentamente con los dedos extendidos, hasta llegar a rozar apenas el papel en el que se les había anotado la orden de trabajo. Pero cuando quiso tomarla (haciendo pinza con los dedos índice y anular) se le escaparon las herramientas de abajo de la axila y fueron a chocar contra el piso, rebotando por todos lados. 
  El Gordo se puso furioso, se sacó el sombrero de bombín y empezó a pegarle con él al flaco en la cabeza y a correrlo por todo el escenario, esquivando al pasar el gran hueco irregular que había en el piso de madera.
—Es ahí, insistió el Gordo— señalando hacia el gran hueco irregular que había en el piso de madera que acabamos de mencionar.
—Una mesa­ —contestó el Flaco, mientras hacía girar ante sus ojos el papel donde estaba la orden de trabajo que había sacado del bolsillo lateral de su pantalón de fajina.— Una mesa con cuatro patas es lo que tenemos que hacer.
—¡¡Pero que mesa ni que mesa!! —explotó el Gordo, arrancándole el papel (en el que estaba anotada la orden de trabajo) de la mano y haciéndolo girar él mismo ante sus propios ojos—, ¡¡hay que tapar ese gran hueco irregular que está en el piso de madera, ahí…!!
—La orden de trabajo (la que acabo de sacar del bolsillo lateral de mi pantalón de fajina y en estos momentos estás haciendo girar ante tus propios ojos) dice “armar una mesa”.
—Tapar hueco.
—Armar mesa.
—Hueco.
—Mesa.
—Acá está bien claro —afirma el Gordo y le pone el papel al Flaco frente a los ojos (los del Flaco). Éste se acerca al papel, pero no ve nada.
En síntesis: el Gordo lo manda a encender las luces de un empujón. El Flaco se acerca al tablero eléctrico y trata de mover la única palanca que hay a la vista. Se cuelga de la palanca pero no la mueve. El Gordo de acerca dando grandes zancadas. Se cuelga él también de la palanca. No pasa nada. Se vuelven a colgar de la palanca. Nada. Se cuelgan. Nada. Cuelgan. Nada. Cuelgan. Nada. Cuelgan.
La palanca baja y se encienden dos reflectores: uno ilumina el gran hueco irregular que hay en el piso de madera, y el otro ilumina una tabla y cuatro patas que alguien ha dejado ahí para poder armar una mesa.
Cada cual, entonces, se aboca a su trabajo: el Gordo pretende tomar la tabla, los clavos, el serrucho y el martillo para reparar el gran hueco irregular que hay en el piso de madera; mientras el Flaco pretende tomar la tabla, los clavos, el serrucho y el martillo para armar una mesa (tal como está indicado en la orden de trabajo que tenía en el bolsillo lateral de su pantalón de fajina). Se producen tironeos, discusiones, agresiones, malentendidos, incomunicaciones, desfasajes y caprichos, de manera que la obra se ve circunstancialmente demorada.

El desenlace llega cuando el Gordo se arroja con toda su humanidad encima del Flaco, lo toma del cuello y (serrucho en mano) le explica que está dispuesto a cortarle la cabeza. El Flaco se escabulle, trata de escapar, grita, y finalmente se trepa a una soga que cuelga junto a la felpa roja de suavidad cautivante.

Cae el telón.

sábado, 11 de febrero de 2017

La última palabra




La última palabra siempre la tengo que tener yo.
Vos podés decir lo que quieras (no te lo discuto, y voy a respetar tu manera de pensar y expresarte), pero la última palabra, ésa, a la larga, siempre la termino diciendo yo.
No es que crea, como hacen algunos, que “el más importante de todos soy yo”.
No, no vayas a pensar que eso es lo que, ahora, te estoy queriendo decir yo.
Digo, simplemente (y por favor no me cambien esto que es lo que estoy queriendo decir), que por un motivo o por otro las conversaciones en las que intervengo terminan, invariablemente, con algo que digo yo.
O sea que técnicamente, empíricamente, demostrablemente, en mis diálogos, al final, la última palabra es la que digo yo.
Es cierto también que la gente, en general, abandona las discusiones rápido porque se cansa, se aburre o deja de encontrarle un sentido a lo que se está diciendo, algo que jamás hago yo.
En mi opinión, sin embargo, la verdad la puede tener él, ella, ellos, tú, vosotros, nosotros, o tal vez incluso yo.

Con la experiencia que dan los años, he ido aprendiendo que no hay modo de escapar de esta realidad que estoy tratando de explicar, con todo respeto, yo.

lunes, 30 de enero de 2017

Nuevo ciclo del Taller de Narrativa
(en las modalidades presencial y a distancia)
Consultas a: marioaberardi@gmail.com 



domingo, 13 de diciembre de 2015

José Luis Costanzo reseña "Esos Mundos"




Gracias a Qu Literatura tuve la fortuna de conocer a un autor memorable: Mario Alberto Berardi. Parece que nació (salvo que sea otra trama de la ficción) en la Provincia de Buenos Aires, más precisamente en Morón, que es la tierra de los Dabove.
La revista incluye un cuento singular, “Casualidades”, cuyo hilo conductor parece sinuoso y que abarca países, nacionalidades y tiempos disímiles. El lector va siguiendo el desarrollo, minuciosamente urdido, y anticipa desenlaces imaginarios que no se cumplen. Esta es una de las virtudes del autor, que nos va llevando por derroteros ficticios y que uno termina por aceptar como naturales. Las vertientes van confluyendo simétricamente hacia un final que no conviene revelar pero que dejará la sensación de que se ingresa con asombro en otro mundo.
“Esos mundos” (Ediciones Las ruinas circulares, Colección Torre de Babel, prismas de claros reflejos borgeanos), es el título elegido por el autor para reunir sus cuentos, que son fantásticos y muchas veces simultáneas ficciones científicas. “Habitación 307” es de naturaleza onírica pero también penetra en la entraña más íntima del oficio del escritor; un cuento tal vez perfecto, que al lector le será muy difícil olvidar. “Demasiado cine”, muy trabajado y con la solvencia de la dicción clásica, está escrito con un lenguaje plenamente cinematográfico. Uno puede ver, mientras lee, las escenas que se describen, y sentir la aceleración de los ritmos, el vértigo de la velocidad, las cambiantes modulaciones. El autor es un experto en cinematografía y aquí lo demuestra de un modo palmario.
“El archivista”, “La insignificante vida del Dr. Googlesmith”, “El otro mundo” son otros ejemplos de una misma atmósfera, aunque cada uno difiera en su abordaje y en su tema (“Extraña muerte en la vereda” parece policial, hasta que advertimos, de súbito, la presencia de lo fantástico) para ser por completo distintos. La neurociencia, los fenómenos de la memoria, las percepciones del tiempo, forman parte de varias narraciones.
La lectura del libro deja un agradable extrañamiento, como si uno se hubiese asomado con candor a esos otros mundos que perduran en él y los hubiera descubierto por sí mismo. Deja además el regusto de querer regresar e indagar en qué instante se produce el vuelco que lo desconcierta.
Uno de sus mayores méritos reside en que está muy bien escrito, algo infrecuente en los libros recientes que llegan a nuestras manos.

José Luis Costanzo
Librería "La calesita"
Av. de Mayo 762
Buenos Aires

lunes, 24 de agosto de 2015

El corazón del desierto (un pequeño avance)

Un pequeño adelanto de El corazón del desierto":

"Venir de la nada, de un mundo en blanco. Abrir los ojos y encontrarse en la ruta desierta. Otra nada. El viejo auto suelta un humo gris y hace unos ruidos raros, quién sabe desde cuándo. Y enseguida, el motor en silencio, el auto detenido y los ojos del viajero clavados en el horizonte.
El paisaje es el de siempre: después de la primera lomada, allá adelante, la ruta ondula varias veces en línea recta, partiendo a la estepa patagónica en dos mitades exactas. Sin saber qué cosa debería pensar, el hombre quita las manos del volante y desciende del vehículo. Lo envuelve un silencio abrumador, la inmensa pradera reseca se extiende indiferente por todas partes.
“Reserva de recursos estratégicos, el futuro de la Humanidad”, se dice a sí mismo mientras se calza al hombro la pequeña mochila verde y se larga a caminar por el borde del asfalto, a paso firme. No vale la pena mirar atrás, porque atrás no hay nada. Ni autos, ni paisanos a caballo, ni un loco que pase caminando. A lo sumo (se da cuenta ahora) una bandada de cotorras en vuelo hacia el sur, quebrando el espesor del silencio con sus gritos destemplados.
En el auto han quedado, desordenados y bañados por una capa de polvo, todos los bolsos, paquetes y cajas que él mismo pudo cargar, a las apuradas, la noche en que abandonó la ciudad como un fugitivo."


miércoles, 19 de agosto de 2015

El corazón del desierto

El martes 8 de setiembre presentaré mi novela El corazón del desierto, acompañado por Virginia Janza. Será en "La vaca Mu", Hipólito Yrigoyen 1440, Buenos Aires. ¡Los espero!