lunes, 5 de febrero de 2018

El cliente




            Es un día hermoso. Fresco, con una suave brisa y unas nubes nítidas como de cuento infantil. Pero también es un día hermoso porque (según lo que me dijo la chica por teléfono) hoy ya tengo un trabajo. Nunca se sabe seguro, pero la chica me dijo así, con esa voz pegajosa de tan dulce: “Preséntese a las once en Rigoberto Manchuria 456, piso siete, oficina ocho. Pregunte por el Licenciado Garmendia y él le va a indicar qué es lo que tiene que hacer”. No pude escuchar más nada por la emoción. Hace años que buscaba trabajo, y la chica me llamó y me dijo eso.
            Cruzo la calle y antes de llegar a la estación del subte me encuentro con Graciela, la vecina esa que vive retándolo al marido, ésa que casi ni me saluda cuando me ve, y yo lo mismo. Pero esta vez es distinto: se acerca con una sonrisa y me da un beso en la mejilla. Y me dice:
            —Buenos días Abel, ¿sabías que esta tarde hacemos una reunión para tratar el tema de la seguridad barrial? Se está hablando de poner cámaras interactivas, comunicadores instantáneos y luces de led de mayor potencia. Viene el jefe local de la Policía, es muy importante que estemos todos. La participación ciudadana…
            Le sonrío todo lo que puedo, pero la esquivo con un gesto de la mano y me alejo murmurando “sí, sí, sí, cuenten conmigo”. No me voy a poner a contarle que parece que tengo un trabajo, así que apuro el paso hasta la estación y bajo las escaleras trotando, feliz, como hace años que no lo hago. Me acerco a la ventanilla para cargar la tarjeta de viaje y antes de que le diga nada la empleada me extiende una planilla y me recomienda el pase mensual. “Ahora usted va a necesitar un pase mensual”, me aclara. “Ahora” me dice la empleada, como si supiera lo del trabajo. Pongo mi nombre en la planilla, firmo y extiendo la tarjeta de crédito. La empleada completa el trámite, me devuelve la tarjeta de crédito y la de viaje y me saluda con una sonrisa pícara:
            —Hasta mañana, Abel —me dice. “Hasta mañana”, me dice. Y también me dice “Abel”. La empleada.
            Paso el control, bajo por la otra escalera y subo al vagón. No está muy lleno para la hora que es. Hay gente parada y un solo asiento libre, que nadie usa. Todos en el vagón me miran con una sonrisa, como si supieran. Voy y me siento en el asiento libre. El subte arranca. De inmediato, se acerca un vendedor ambulante a ofrecerme arepas venezolanas. Le digo que no. Insiste. Me dice que puedo pagar con tarjeta. Le agradezco, pero no tengo hambre. Debe ser por los nervios del primer día. Me regala una arepa, anota algo en una libretita y se va para la otra punta del vagón, sin ofrecerle nada a nadie. Le pego un mordisco a la arepa, está exquisita. En el día de hoy todo es perfecto.
Se aleja el vendedor de arepas y aparece un nigeriano a ofrecer anteojos para sol. Y después una nenita repartiendo estampitas. Y un vendedor de seguros, otro de autos, una de ropa íntima de mujer, de ofertas en clubes de vacaciones, de artesanías hindúes, de sistemas prepagos de salud, de telefonía, de cirugías estéticas y así hasta que llegamos a la próxima estación, en la que me apuro a bajar del coche. Antes de salir del andén, me doy vuelta y los miro.
—¡Qué tengas un buen día, Abel! —me desean a coro todos los pasajeros, justo antes de que se cierre la puerta. Se va al subte. Salgo del andén, subo la escalera, cruzo la avenida con paso enérgico, sin dejarme sobrepasar por ésta mi nueva realidad. Levanto la vista para ver adónde estoy, y leo, en la fachada de un edificio, que estoy exactamente en Rigoberto Manchuria 456. Entro, subo al piso siete y busco la oficina ocho. Me sale a recibir, eufórica, una morocha enfundada en un ajustado trajecito gris. Calculo que debe ser la secretaria del Licenciado Garmendia.
—¡Abel! ¡Bienvenido! —me dice casi al oído, mientras me da un beso húmedo en la mejilla —Adelante, adelante, te estábamos esperando. En un minuto te traigo la documentación de hoy. Y listo.
Me indica una silla, enfrentada a un escritorio pequeño. Me siento. La secretaria se mete en una puerta vaivén. Espero ahí sentado, largamente. Horas espero. En un momento tengo ganas de ir al baño, pero me aguanto y no me muevo de la silla. Es mi primer día. Sigo ahí. Sobre el escritorio hay un cartelito de acrílico que dice, en letras gruesas y doradas, “oficina de clientes”. No puedo dejar de ver ese cartelito. “Clientes”, dice.
Por fin vuelve la secretaria. Hace rato que pienso que le tendría que preguntar por el Licenciado Garmendia, pero la veo y no le digo nada. Trae en sus brazos una pila de carpetas de distintos colores, tamaños y texturas. Las apoya sobre el escritorio, justo frente a mí.   
—¿Cómo prefiere pagar, Abel? —me pregunta con una voz dulce y pegajosa.  



sábado, 27 de enero de 2018

El asesino



 —Está guapo todavía. Tenés que verlo —le dijo Osvaldo a su papá, mientras estiraba la cinta métrica y buscaba en el anaquel las planchas de vidrio que podían llegar a servirle para el pedido.
 —Ésa no, boludo, ¿no ves que sobra mucho? Fijate aquella, la de más atrás.
       —Está viejito, pero está guapo —insistió Osvaldo. Su papá le echó una mirada distraída y siguió marcando el vidriecito amarillo que venía trabajando sobre la mesa de cortes. Después tomó la pinza chata y con un seco “clack” retiró el borde que sobraba. Por último, fue a apoyar el vidriecito sobre los otros del mismo tamaño que había preparado.     
           —¿Cuántos te pidió entonces?
—Tres… O cuatro…
—Pero ¿cuántos le rompieron?
        —No, papá, no le rompieron ninguno. Él los quiere cambiar. Éste puede ser, ¿no? Mirá, sobrarían diez centímetros de costado. Y de altura está casi justo…
        El padre volvió a levantar la vista, pero esta vez se encontró con su propia figura, porque lo que Osvaldo sostenía con los brazos estirados como si blandiera un escudo era un vidrio espejado.
            —¿De ésos te pidió? ¿Estás seguro? Mirá que de este lado son espejos… —insistió el padre, con la vista fija en su propia figura reflejada. Se vio, súbitamente, más cansado, más gordo y más viejo.
           —¿Por qué me mirás así? —le preguntó Osvaldo.
           —¡No te miro a vos, pelotudo, me estoy mirando yo! ¿No ves que de este lado es un espejo?
           —Sí, éstos hay que llevarle: de una cara espejados y de la otra no. Porque él quiere mirar para afuera, pero que no lo vean.  
            —Ah, claro. Lo deben estar volviendo loco.
          —No sabés, pusieron unas vallas en todo el frente de la casa. Y en el jardín hay como treinta policías, con fusiles y todo eso. Para entrar les tenés que dar el documento, se lo llevan adentro, lo miran o no sé qué, y sale la esposa a ver si de verdad sos el que dice ahí, entonces…
            —Lo van a volver loco, pobre viejo.
            —Entonces recién te dejan entrar: cuando ven que no sos un terrorista ni nada raro.
—Pobre viejo.           
—Y se acuerda de nosotros. “Tu papá fue el que puso estos vidrios, hace como diez años”, me dijo.
—No, no puede ser.
—Sí, te digo que se acuerda.
—Diez años no puede ser, tienen que haber sido por lo menos once. O doce.
—Bueno, pero está guapo. Viejito pero guapo. ¡Si hasta camina!  
—Pero está en silla de ruedas, yo lo vi en la tele.
—Está en silla de ruedas, pero camina. Está bien guapo, te digo.
—Bueno, cortá ese de ahí entonces, y pueden ser también aquellos dos de allá, hay que medirlos.
—Me preguntó por vos.
—¿Qué?
—Que me preguntó por vos. “¿Su papá cómo anda?”, me dijo.
—¿Quién te preguntó por mí?
—Mariano
—¿Qué Mariano? ¿Quién es Mariano?
—Mariano, del que estamos hablando…
—¿Mariano se llama?
—Claro, Marianito… Se ve que se acuerda de nosotros…
—¿No se llamaba Miguel?
—Ah, sí, tenés razón. “Miguelito”.
—Bueno, vamos. Te acompaño yo a llevar los vidrios. Si vas vos solo alguna cagada seguro te mandás…
           


                                           *  *  *

En la entrada del Barrio Parque todo parecía tranquilo. Los vidrieros avanzaron a marcha lenta porque ahí las calles son de tierra o tienen pozos y desniveles. Ideal para la seguridad del tránsito y la tranquilidad de los vecinos, pero no para una camioneta vieja cargada con vidrios. Unas pocas cuadras más adelante ya empezaron a escuchar los primeros gritos. Algo increíble en ese barrio: cientos (o miles) de personas gritando al mismo tiempo, espantando los leves conciertos de los pájaros entre las ramas.   
—Hace como diez años que se fue, ¿no? —preguntó Osvaldo.
—¿Quién? —contestó el padre, aunque esta vez sabía de qué hablaban.
—El viejo este donde vamos ahora.
—No se fue, se lo llevaron.
—¿Diez años preso estuvo?
—Acá no va a estar bien. Acá lo van a volver loco.
—Debe tener como noventa ahora...  
—Escuchá, escuchá cómo lo están puteando, debe estar la gente enfrente de la casa. La verdad es que podrían dejarlo tranquilo, después de tanto tiempo.
—Y sí, la verdad. Para mí tiene como noventa.
—Noventa no. Ochenta y algo debe tener.
—Vas a ver qué guapo que está.
En la esquina de Camarones y Avenida del bosque, Osvaldo aminoró la marcha y señaló algo por la ventanilla:
—Mirá —dijo con aire de conocedor—. Todo el barrio está así. Pusieron de esas cosas por todos lados.
—¿Qué son? —preguntó el padre.
            —Son como fotos. Pero grandes, ¿ves? Fijate…
       En un pinito recortado que algún vecino había plantado sobre la vereda, habían colgado la foto de una cara, a tamaño natural, como quien cuelga un adorno navideño. El padre no llegó a leer lo que decía, pero había una fecha y decía algo más.
            —¿Ves? Son como caras. Y dice “¿dónde está?”. Hay por todos lados.
            —¡Y yo que carajo voy a saber dónde está!
            —Pobre viejo…
            —Lo van a volver loco.
            Doblando por Avenida del bosque para el lado del fondo vieron más fotos de caras y también siluetas de cartón del tamaño de una persona: atadas a la hilera de árboles, a los postes de luz, colgando de las ramas, de los alambrados, de los cables. Una silueta y otra y otra y otra en una larga y desprolija hilera que iba a morir, en una perspectiva irreal, allá en las vallas de hierro, frente a la casa del cliente que los esperaba. Su viejo cliente.
—¿A todos esos mató? —preguntó Osvaldo, con un brillo de asombro en la mirada.
—No, ¿cómo va a matar a todos esos él solo?    
Osvaldo no preguntó más nada y, fascinado con las siluetas de cartón que colgaban a un lado y otro del camino, se esforzó por leer los nombres y las edades de las personas representadas. Pero era como si lo único que pudiera ver fueran los ¿dónde está? ¿dónde está? ¿dónde está? ¿dónde está? ¿dónde está?, y Osvaldo no podía terminar de leer los nombres ni las edades, o se los olvidaba de inmediato, o no tenían ningún sentido para él. Hubo una sola cara que le resultó familiar, pero no llegó a leer el nombre.
 —Le gritan “asesino”, ¿escuchás, papá?
—Bueno, mató a unos cuántos, es cierto.
—Pobre viejo, ahora que lo dejen tranquilo.
Cuando la multitud empezó a volverse densa y se hacía imposible seguir avanzando, Osvaldo detuvo la camioneta. Puso el freno de mano, se bajó, trepó a la caja y se abocó a soltar las correas que mantenían amarradas las planchas de vidrio contra el arnés. El padre bajó por el otro lado y se quedó parado ahí, junto a la camioneta. Asesino, asesino, asesino, se escuchaba ahora bien claro, en la calle, entre los árboles, al lado de su oreja, asesino, asesino. Dónde está dónde está dónde está dónde está, la pregunta se reflejaba en los vidrios espejados que su hijo estaba tratando de desanudar, se reflejaban las siluetas, los ojos, los rostros, las manos. Los vivos y los fantasmas entremezclados en las penumbras del bosque. Cerró los ojos, pero las formas tardaron en desaparecer. Los volvió a abrir. Su hijo transpiraba y resoplaba en su esfuerzo para desanudar las correas. “Es un pelotudo”, pensó mientras lo observaba.

—Tome, señor —escuchó que le decía alguien del montón y vio una mano que le ofrecía un volante. Asesino, asesino, asesino, dónde está, dónde está, dónde está. Guardó el volante y miró para el lado de la casa. ¿“Miguelito” era que se llamaba? Tras los ventanales del frente una figura reverberó. Una presencia, una sombra súbita, una ráfaga de algo. Cerró los ojos, y esta vez un frío inhumano le subió desde las piernas hasta la nuca.       

miércoles, 20 de diciembre de 2017

miércoles, 15 de noviembre de 2017

El tratamiento



            
             —Número 438, verde —se escuchó por los parlantes, —pase al consultorio setenta y seis.          
          Era su turno, pero no quería entrar. Tampoco hubiera querido estar ahí sentado las dos horas que estuvo hasta que lo llamaron, pero Marcia le había dicho que sí, que tenía que ir, que ya la situación no daba para más, que si no iba se fuera olvidando de ella. Marcia estaba buena. Y era afectuosa. Parecía dura, pero siempre en un punto la mirada se le perdía, y entonces ya no era dura y empezaba a humedecerse por varias partes.   
            Entró al consultorio. Vio que había una camilla, un pequeño escritorio de metal y dos sillas destartaladas. Se sentó en la que tenía más cerca.
—¿En qué lo podemos ayudar, número 438 verde? —preguntó la voz por los parlantes.
—No, yo estoy bien. Vine porque me dijeron.
—¿Quién le dijo?
—Marcia
—Ajá, ¿y por qué?
—Porque dice que me pongo loco, que me sale la violencia. Y que no me conoce cuando me pongo así.
—Muy bien, salga del consultorio, siga por el pasillo hasta el fondo, vaya para la izquierda, siga, pasando los baños, hasta la puerta verde que dice “oficina de personas desconocidas”. Golpee y espere a que lo atiendan.
Él obedeció. Siempre había sido un tipo más bien áspero al trato, sobre todo con Marcia. Ella decía que con él no se podía hablar. Que era un animal.  Pero con los médicos la cosa era distinta: a ellos los respetaba, seguramente porque las enfermedades le daban terror. Así que se fue por el pasillo, esquivó a un anciano dolorido que alguien había dejado en una camilla por ahí, pasó junto los baños pero no entró a orinar (porque no le habían dicho que lo hiciera), dobló a la izquierda por instinto o de pura casualidad (porque nunca se acordaba cuál era la izquierda y cuál era la derecha) y llegó junto a la puerta verde. Se detuvo y leyó.
El cartel no decía “oficina de personas desconocidas”, sino simplemente: “personas desconocidas”. Pensó que se trataba de otra dependencia, que se había equivocado, así que no golpeó y regresó por donde había llegado. Pero, aunque consultó a todos los que se le cruzaron (incluyendo al anciano de la camilla), nadie lo supo orientar. Hasta que vio, junto a los ventanales del fondo, a una médica delgada que fumaba nerviosamente, echando el humo hacia el exterior por una rendija. Se acercó a ella y le preguntó por la “oficina de personas desconocidas”.  
—Vaya a la planta baja —respondió de inmediato la doctora—. Busque la recepción central y ahí le van a indicar. ¡Pero no se vaya a escapar, eh! Si está a la mitad de un tratamiento lo peor que puede hacer es abandonarlo—. Después tosió un poco y siguió fumando junto a la rendija. Él le dio las gracias. No, no se iba a escapar. Era verdad que no quería venir, pero ahora que ya había venido, no se iba a escapar.    
Bajó por el elevador hasta la planta baja y buscó el amplio mostrador de la recepción central. Había tres colas de pacientes y se puso en la más corta, que al final resultó ser la más lenta. Cuando llegó su turno, una empleada de delantal verde y mirada bizca le preguntó, mirando más bien al vacío:
—¿En qué lo puedo ayudar, número 438 verde?
Era su número, se lo había aprendido de memoria mientras esperaba en el primer consultorio, pero ahora no lo encontraba. Buscó y rebuscó en todos los bolsillos y no había ningún papelito. ¿Lo habría dejado en el consultorio?   
—Está bien, no hace falta —lo tranquilizó la empleada, fijando la vista en la pantalla de la computadora. Sus ojos parecieron enderezarse—. A ver… 438, verde… ¿tiene la autorización del tratamiento?  
Él negó con la cabeza y ella lo fulminó con la mirada. El ojo derecho parpadeaba levemente.
—Cuarto piso del anexo, por aquel lado. “Oficina de autorizaciones”, —gruñó—. ¡Cuarto piso! ¡Por aquel lado!
Esta vez no tuvo problemas en encontrar la oficina, en el cuarto piso del anexo. Golpeó la puerta con los nudillos. De inmediato se asomó un médico. Era un tipo alto y fibroso, con aspecto de deportista y mirada vidriosa.
—Venga, pase—le ordenó, como si hablara con otro.
—Me mandaron acá —fue lo único que se le ocurrió decir.
—Sí, ya sé. Lo mandó Marcia. Porque se pone violento y ella no lo conoce, y qué se yo…    
—Sí, sí, ese soy yo. El 438 verde —asintió, mientras rebuscaba en los bolsillos. Esta vez el papelito del número apareció enseguida. Se lo extendió al médico, pero éste ni le prestó atención.
—Sáquese la ropa— ordenó el médico.
La habitación estaba completamente vacía, así que se fue a un rincón, le dio la espalda al médico y se sacó los zapatos, las medias, la camisa, los pantalones y los calzoncillos. Cuando se dio vuelta con la ropa en la mano vio que el doctor alto y fibroso estaba justo enfrente suyo, también desnudo y con la ropa en la mano, dirigiéndole su mirada vidriosa.
Eso es lo último que recuerda. Tal vez lo hayan anestesiado. Tal vez lo operaron, o le hicieron algún estudio. Cuando se despertó, lo primero que hizo fue tocarse el cuerpo a ver si le faltaba algo. Pero no, estaba entero. Y la verdad es que no le dolía nada.  Lo único raro es que había perdido la noción del tiempo, y el mundo oscilaba levemente ante sus ojos como si lo hubieran drogado, o algo así.
En las largas horas que siguieron, aprendió a calcular el paso del tiempo gracias a los cambios en el dibujo que formaba la luz del ventanal al proyectarse sobre la pared del pasillo. Tenía un poco de hambre, y pensó que tal vez le iban a traer algo de comer. La única molestia, por ahora, era que se acalambraba de tanto estar en la misma posición y entonces tenía que girar un poco para un lado o para el otro. Alguien vendría a verlo, en algún momento. O no: tal vez se habían olvidado de él. Hacía como ocho horas que estaba ahí tirado en esa camilla, abandonado en un pasillo. Las personas (médicos, pacientes, lo que fuera) pasaban al lado suyo todo el tiempo, pero nadie le prestaba atención. A lo sumo, lo esquivaban.
Ahora casi no piensa en Marcia, ni en ninguna otra cosa, pero está seguro de que ella se va a poner contenta cuando lo vea. Ahora sí que no lo va a reconocer.
En un momento apareció la médica que fumaba junto al ventanal, y que tan amablemente lo había atendido. La reconoció por la tos, ya desde que asomó por el fondo del pasillo. La médica se detuvo un instante junto a la camilla y le dio unas palmaditas cariñosas en la panza.
—¿Y? ¿Cómo va esa recuperación, paciente 438 verde? —preguntó, y sin esperar la respuesta se alejó por el pasillo con paso nervioso, hasta que la tos dejó de oírse.

lunes, 10 de julio de 2017

La obra



Cuando extendió la mano y apartó un poco el telón para ver qué había del otro lado, sintió una suavidad cautivante. Aunque se moría de ganas de mirar, se entretuvo largamente con esa especie de tibieza amorosa que la felpa roja le transmitía sobre el dorso de la mano. Entrecerró los ojos y permaneció a la espera de más sensaciones. Perdió la noción del tiempo, mientras acudían a su mente imágenes perturbadoras. Mientras tanto, la otra mano se le iba acalambrando por el peso de la caja de herramientas que era parte de su equipo de trabajo.    
—¡Dale Flaco?, ¿qué carajo hacés parado ahí? ¿Vamo´a laburar o no vamo´a laburar? —le gritó el Gordo, y de un empujón lo metió en el escenario. La caja de herramientas se abrió al chocar contra el piso y saltaron cosas por todos lados. 
—Ahí, debe ser ahí —ordenó el Gordo, señalando un gran hueco irregular que había en el piso de madera.
El Flaco se levantó como pudo, juntó sus herramientas con las dos manos y después se acordó de que tenía la orden de trabajo en el bolsillo lateral de su pantalón de fajina. Sin soltar las herramientas, apretando el martillo, el serrucho, los destornilladores, el cepillo de carpintero bajo la axila, se fue inclinando lentamente con los dedos extendidos, hasta llegar a rozar apenas el papel en el que se les había anotado la orden de trabajo. Pero cuando quiso tomarla (haciendo pinza con los dedos índice y anular) se le escaparon las herramientas de abajo de la axila y fueron a chocar contra el piso, rebotando por todos lados. 
  El Gordo se puso furioso, se sacó el sombrero de bombín y empezó a pegarle con él al flaco en la cabeza y a correrlo por todo el escenario, esquivando al pasar el gran hueco irregular que había en el piso de madera.
—Es ahí, insistió el Gordo— señalando hacia el gran hueco irregular que había en el piso de madera que acabamos de mencionar.
—Una mesa­ —contestó el Flaco, mientras hacía girar ante sus ojos el papel donde estaba la orden de trabajo que había sacado del bolsillo lateral de su pantalón de fajina.— Una mesa con cuatro patas es lo que tenemos que hacer.
—¡¡Pero que mesa ni que mesa!! —explotó el Gordo, arrancándole el papel (en el que estaba anotada la orden de trabajo) de la mano y haciéndolo girar él mismo ante sus propios ojos—, ¡¡hay que tapar ese gran hueco irregular que está en el piso de madera, ahí…!!
—La orden de trabajo (la que acabo de sacar del bolsillo lateral de mi pantalón de fajina y en estos momentos estás haciendo girar ante tus propios ojos) dice “armar una mesa”.
—Tapar hueco.
—Armar mesa.
—Hueco.
—Mesa.
—Acá está bien claro —afirma el Gordo y le pone el papel al Flaco frente a los ojos (los del Flaco). Éste se acerca al papel, pero no ve nada.
En síntesis: el Gordo lo manda a encender las luces de un empujón. El Flaco se acerca al tablero eléctrico y trata de mover la única palanca que hay a la vista. Se cuelga de la palanca pero no la mueve. El Gordo de acerca dando grandes zancadas. Se cuelga él también de la palanca. No pasa nada. Se vuelven a colgar de la palanca. Nada. Se cuelgan. Nada. Cuelgan. Nada. Cuelgan. Nada. Cuelgan.
La palanca baja y se encienden dos reflectores: uno ilumina el gran hueco irregular que hay en el piso de madera, y el otro ilumina una tabla y cuatro patas que alguien ha dejado ahí para poder armar una mesa.
Cada cual, entonces, se aboca a su trabajo: el Gordo pretende tomar la tabla, los clavos, el serrucho y el martillo para reparar el gran hueco irregular que hay en el piso de madera; mientras el Flaco pretende tomar la tabla, los clavos, el serrucho y el martillo para armar una mesa (tal como está indicado en la orden de trabajo que tenía en el bolsillo lateral de su pantalón de fajina). Se producen tironeos, discusiones, agresiones, malentendidos, incomunicaciones, desfasajes y caprichos, de manera que la obra se ve circunstancialmente demorada.

El desenlace llega cuando el Gordo se arroja con toda su humanidad encima del Flaco, lo toma del cuello y (serrucho en mano) le explica que está dispuesto a cortarle la cabeza. El Flaco se escabulle, trata de escapar, grita, y finalmente se trepa a una soga que cuelga junto a la felpa roja de suavidad cautivante.

Cae el telón.

sábado, 11 de febrero de 2017

La última palabra




La última palabra siempre la tengo que tener yo.
Vos podés decir lo que quieras (no te lo discuto, y voy a respetar tu manera de pensar y expresarte), pero la última palabra, ésa, a la larga, siempre la termino diciendo yo.
No es que crea, como hacen algunos, que “el más importante de todos soy yo”.
No, no vayas a pensar que eso es lo que, ahora, te estoy queriendo decir yo.
Digo, simplemente (y por favor no me cambien esto que es lo que estoy queriendo decir), que por un motivo o por otro las conversaciones en las que intervengo terminan, invariablemente, con algo que digo yo.
O sea que técnicamente, empíricamente, demostrablemente, en mis diálogos, al final, la última palabra es la que digo yo.
Es cierto también que la gente, en general, abandona las discusiones rápido porque se cansa, se aburre o deja de encontrarle un sentido a lo que se está diciendo, algo que jamás hago yo.
En mi opinión, sin embargo, la verdad la puede tener él, ella, ellos, tú, vosotros, nosotros, o tal vez incluso yo.

Con la experiencia que dan los años, he ido aprendiendo que no hay modo de escapar de esta realidad que estoy tratando de explicar, con todo respeto, yo.

lunes, 30 de enero de 2017

Nuevo ciclo del Taller de Narrativa
(en las modalidades presencial y a distancia)
Consultas a: marioaberardi@gmail.com