jueves, 4 de julio de 2019

El abismo





          

             Hizo picar la pelota tres veces, la alzó con las dos manos y la sostuvo a la altura de los ojos. Después, flexionó las rodillas y pensó en el aro. No lo miró: pensó en él. Lo vio en su mente, imaginó cómo entraba la pelota, cómo se deslizaba con un suave susurro al ser acariciada por la red. Contuvo la respiración, pero no lanzó el tiro. Se detuvo un instante. Menos de un segundo, una mínima fracción, un algo imperceptible, pero así fue como dejó pasar el momento preciso. El presente.
Ahí, en esa fracción de tiempo infinitesimal, aconteció el error: en lugar de lanzar la pelota hacia el aro, lo que hizo fue desplazar todo el universo hacia el futuro. Y también hacia el pasado. Porque tenía que embocar un tiro libre para empatar el partido. Y después embocar el segundo tiro libre, para pasar al frente por un punto. Dos décimas de segundo después se terminaría el partido. Festejos, alegría desbordada, campeonato ganado. Sí: dos décimas de segundo para el final era lo que marcaba el tablero, él lo había mirado varias veces desde que el juez cobró la falta, mientras se acercaba cansadamente a la línea de tiros libres, picando la pelota, alzándola a la altura de los ojos, flexionando las rodillas.  Dos tiros libres: tiraba el primero, tiraba el segundo y partido terminado (partido ganado y gran felicidad). Todo esto pasó por su cabeza en esa mínima fracción de tiempo. El error fue simplemente que, en ese instante preciso, cuando tendría que haber tirado, no lo hizo.
Lo que sucedió luego fue esto: después de imaginar vívidamente cómo entraba la pelota (deslizándose con un suave susurro), imaginó también que el estadio reventaba en un grito de aliento, coreando su nombre a voz en cuello. Eso significaba que había embocado el primer tiro (aunque todavía no había soltado la pelota). Y entonces, ahora, tenía que embocar el segundo. Si lo erraba, el partido terminaría empatado, y entonces el final se postergaría indefinidamente, porque en el basquetbol no hay empate. Partido empatado significaba dejar pasar dos décimas de segundo, luego un breve descanso y de vuelta a jugar: otros cinco eternos minutos de tiempo complementario, en los cuales se abrirían infinitas variantes. Incluso, como posibilidad, podría suceder que el partido siguiera eternamente empatado, y hubiera un eterno desempate de infinitos períodos de cinco minutos de juego.  
Ahora bien: si embocaba el primer tiro y después el segundo tiro, ganaban el partido y todo el equipo lo abrazaría y lo palmearía y lo felicitaría, y el público invadiría la cancha para subirlo en andas y gritarían su nombre hasta quedarse afónicos. Porque ese punto era el punto del partido y el partido ganado era el campeonato y el campeonato era el éxito. Y el éxito, para él, era Mara, sentada con las piernas cruzadas en una butaca de la segunda fila en la platea local. Entonces (al embocar el segundo tiro después de haber embocado el primer tiro), él se iba a sacar de encima a sus compañeros, y también a la marea humana que vivaba su nombre, y se iba a meter de un salto en la platea y le iba a estampar un beso en la boca a Mara, y le iba a jurar que ya nunca más, que esta vez sí que había cambiado, que él ya era otro, para siempre. Era el campeón. Y le iba a jurar que ya habría gritos ni amenazas para convencerla de que fuera a la cancha, que lo viera jugar, que lo alentara. Porque ahora él entrenaba todas las semanas y ya no tomaba nada raro, estaba cambiando, iba a cambiar, ya no le iba a mandar más esas cartas escritas a mano en las que le decía perdón mi amor te juro que nunca más, no sé qué me pasó, debe ser la presión, el deporte es así, se viene la final, si perdemos este partido se acabó el basquet para mí, se acabó todo, tengo miedo, te necesito, acá te mando una entrada para que vengas a verme.
Y ahí estaba ella, sentada, en la segunda fila de asientos de la platea local. La vio apenas entraron los equipos a la cancha. La vio con esa pollerita corta y leyendo un libro o algo así. Después ya no le prestó atención, pero cada tanto sentía el peso de su mirada sobre él. ¿Y si erraba el primero y después erraba el segundo? ¿Valdría la pena seguir viviendo? ¿Mara se iba a quedar a saludarlo? ¿Lo consolaría? ¿Lo abrazaría para que él llorara en sus brazos? No. Eso no iba a suceder. Sería el final, en todo sentido.
Lo único que él sabía hacer en la vida era jugar al basquetbol. Ya se lo había contado a Mara, en las pocas veces en las que le habló de su vida. Le había contado que él no había terminado la escuela porque le iba mal y no entendía y porque no le encontraba sentido y entonces lo mandaron a trabajar, pero llegaba tarde o se equivocaba con los repartos o se robaba la recaudación de un día y al final lo terminaban echando. Y tenía que mentir en su casa, ocultar los días vacíos, y entonces se iba a esconder al club y pasaba el tiempo tirando al aro desde la línea de foules, compitiendo con él mismo. Todo eso ya se lo había contado alguna vez a Mara, y ella se lo había quedado mirando un tiempo que a él le pareció eterno, hasta que le largó una de esas frases profundas que seguro ella sacaba de los libros.
Igual, él no le había contado todo. Por ejemplo, nunca le contó que al final sus padres se cansaron de él y lo echaron a la calle. Eso se lo iba a contar después, cuando terminara el partido, siempre y cuando entrara el primer tiro y también entrara el segundo tiro. Le iba a contar que anduvo meses sin rumbo, que amaneció más de una vez tirado por ahí, manchado de sangre y mierda y tristeza. Aunque al final siempre se levantaba, se juraba a sí mismo salir adelante, triunfar, y se iba como podía para el club, a practicar durante horas tiros libres con una pelota prestada, soñando que embocaba un tiro que era la final del campeonato. Que era el éxito. El amor de Mara.  
La vida entera de un hombre al final se concentra en un instante”, fue lo que le dijo ella una vez. Una de sus frases de libro. A él no le interesaban las frases, no le interesaban los libros, lo que le interesaba era el culo de Mara, tan macizo, redondo, tentador.
Pero ahora, en este instante que bien podríamos llamar “el presente”, él se da cuenta de que ella tiene razón.
Ahora, toda su vida se concentra en este instante.
Ahora.
Pica la pelota una vez más, vuelve a flexionar las rodillas y lanza el tiro (sin mirar el aro, sin imaginar que la pelota entra, sin sentir el susurro del roce de la red). La pelota se mantiene en el aire un tiempo que parece eterno. Y el mundo se aleja de él, como si lo dejara caer en un abismo.  
Y no hay ningún sonido.

jueves, 19 de julio de 2018

Extraña muerte



En este pueblo nunca pasa nada”, dice nuestra gente. Pero los sucesos de ayer en la calle Calderón parecen desmentirlo. Como buen periodista, Carlos Demichelis se hizo presente a las once y dieciocho de la mañana en el lugar de los hechos. Su jefe en “La Voz Intransigente” le había encomendado una crónica, pero lo único que sabía era que un joven había muerto al caer desde la altura. Demichelis miró a su alrededor, en busca de manchas de sangre, pero no vio nada. Sacó entonces su libreta de apuntes y decidió, a priori, que el título tendría que ser: “Extraña muerte en la vereda”. Tenía exactamente cuarenta y dos minutos para enterarse de lo sucedido, entrevistar a testigos y curiosos, tomar algunas notas, correr de nuevo a la redacción, escribir al menos una página y alcanzársela a su jefe. Al mediodía todo habría terminado, y Demichelis podría regresar al sopor dominguero de su departamento de soltero.

Buscó al encargado (a quien conocía de vista) y supo por él que un joven se había caído cuando intentaba escalar, con ayuda de una soga, por la pared del frente. Demichelis alzó la vista y creyó ver, a la altura del cuarto o quinto piso, una sombra ondulante, un destello fugaz, un aleteo que bien podía ser una soga. Un rato después (serían las once y veinticinco), mientras la vereda se iba poblando de vecinos en pijama, una señora entrada en carnes aportó otra versión de los hechos. Según ella, los “estudiantes” (así los llamó, con desdén) habían tenido una noche de juerga con unasloquitas” (Demichelis anotó la palabra), bebieron o se drogaron de más y bueno, ya se sabe: uno salió por la ventana. La historia sonaba bien, pero cuando Demichelis hizo las preguntas de rigor (¿por qué?, ¿usted lo conocía?, ¿cómo fue?) la señora se secó la frente, buscó complicidad entre las vecinas y repitió indignada su relato, palabra por palabra. Demichelis quería volverse ya para el diario, pero una viejita del edificio lo tomó del brazo y le susurró: “a eso de las seis oyó un batifondo en el cuarto piso, como si arrastraran muebles. Con mi marido pensamos que sería una mudanza”. Demichelis asintió con la cabeza y miró su libreta, pero no escribió nada. Le pareció más práctico ir armando la crónica mentalmente: 

En este pueblo nunca pasa nada, dice nuestra gente. Pero anoche, en la calle Calderón, unos estudiantes aburridos organizaron una fiesta con amigas (“chicas de la vida”, según los vecinos). Hubo música a todo volumen, gritos y sustancias ilícitas. Todo terminó en una gresca de dimensiones y (en circunstancias que se pretenden esclarecer) uno de ellos salió volando por la ventana y terminó destrozado en la vereda.” 

Demichelis no había hablado con la Policía ni había visto el cadáver, pero la historia tenía ya los ingredientes necesarios para ser un éxito, aunque faltara resolver ciertas cuestiones menores. “¿Y la soga?”, habrá pensado en ese momento. No quiso mirar hacia lo alto por miedo a arruinar la crónica, pero notó algo así como un chasquido contra el muro, una sombra fugaz (aunque bien pudo haber sido también un pájaro, una sábana, un cable de teléfono).

Ahí está la soga. ¿No la ven? —dijo una voz rasposa, como si le respondiera—. En este pueblo ya no se puede vivir. ¿Ustedes son periodistas? ¡Digan la verdad entonces! —La voz aguardentosa, desagradable, aportó una nueva versión de los hechos: un ladrón se había descolgado desde la terraza, pero los muchachos del cuarto piso lo vieron y se defendieron. (Demichelis apuntó la palabra “muchachos”). 

—Uno cayó al piso, justo acá —concluyó el hombre, tosió, escupió hacia un costado y desapareció del lugar. Demichelis, un muchacho simple pero inteligente, debió haber comprendido que las distintas versiones eran tal vez compatibles. Un ladrón que quiso robar a unos estudiantes, que estaban de fiesta con unas loquitas. Sería así: 

Aprovechando la oscuridad de la noche un amigo de lo ajeno intentó ingresar al edificio de la calle Calderón, según la modalidad conocida como de hombre araña…”. Luego continuaría más o menos igual, pero agregando la lucha del joven en legítima defensa y su caída trágica al vacío. Porque era absurdo pensar que el hombre araña era quien había caído desde la altura. Era obvio que había sido el estudiante (borracho o drogado). El grupo de vecinos se agitaba aportando detalles, rellenando los vacíos con afirmaciones temerarias:

—A las seis y media se escuchó como una explosión. —dijo uno— Y después: nada más.

¿Cómo que una explosión? Ya era bastante con sogas, muchachas de la vida, hombres araña. Demichelis miró el reloj, pero sabemos que mantuvo la calma. “Después de todo, (habrá pensado) si me sobra algo no lo uso y listo. El título está bien, “Extraña muerte en la vereda”. Pongo lo de la fiesta, sugiero lo de las chicas. En vez de “estudiante” mejor es “supuestamente estudiante”. Después algo sobre la inseguridad en este pueblo que antes era muy tranquilo, los rumores sobre ruidos, gritos, explosiones…”.

Esto, palabras más o palabras menos, es lo que habrá pensado Carlos Demichelis mientras la hora del cierre se le venía encima. Por lo menos, eso se deduce del análisis de sus apuntes que yo mismo he realizado hoy. Lo cierto es que, tal vez por inexperiencia, el joven colega nunca llegó a terminar su crónica, tarea que asume en estas páginas nuestro prestigioso periódico “El Imparcial”, decano de la prensa local, siempre junto a la verdad.  

Está absolutamente probado que, en ese instante fatal, Demichelis tomó una insensata decisión, llevó al exceso su curiosidad, pretendió arrojar como un lastre la lógica periodística y se dejó arrastrar por un impulso, un pálpito, una iluminación. Podemos imaginarlo subiendo agitado por la escalera hasta el cuarto piso, golpeando la puerta del departamento (algunas versiones afirman que la abrió de una patada), ingresando para observar de cerca el lugar del hecho, conocer a los protagonistas y por último llenar ciertos vacíos que, de cualquier modo, no resultaban esenciales. ¿Qué importaba saber si había o no había chicas de vida ligera, si los estudiantes estaban borrachos, si había rastros de pelea? Si de verdad estaba la soga, Demichelis habrá intentado comprobar las posibilidades del evento, tirando del nudo con energía, tal vez dejándose balancear por los aires como un “hombre araña”. Y si no había ninguna soga, es evidente que decidió inspeccionar los pestillos de las ventanas, asomarse al vacío, medir distancias y verificar trayectorias. 

Lo cierto es que, justo al mediodía, ya cualquiera podía ver, horriblemente aplastado en la vereda, el cuerpo del delito. El cuerpo ensangrentado, todavía caliente, de Carlos Demichelis, de 25 años, vecino de la localidad, domiciliado en la calle Calderón, estudiante de periodismo. Los funcionarios policiales, en un alarde de eficiencia, acudieron de inmediato, alertados por la explosión. Los médicos del Hospital dijeron que nada podían hacer ellos por ese muchacho, porque estaba muerto. Ahora todos dicen que era un buen chico, un vecino más.

Al cierre de esta edición, solo quedan por esclarecer unos pocos datos menores, tales como ciertas imprecisiones sobre los horarios en que los hechos habrían acontecido. Hoy, a pesar del dolor que enluta a nuestra comunidad, asumimos nuestra sagrada obligación periodística: “El Imparcial”, como siempre, es el primer y único medio en informar la verdad que usted se merece.

Por razones de decoro, no se publica aquí la foto del cadáver.