lunes, 10 de julio de 2017

La obra



Cuando extendió la mano y apartó un poco el telón para ver qué había del otro lado, sintió una suavidad cautivante. Aunque se moría de ganas de mirar, se entretuvo largamente con esa especie de tibieza amorosa que la felpa roja le transmitía sobre el dorso de la mano. Entrecerró los ojos y permaneció a la espera de más sensaciones. Perdió la noción del tiempo, mientras acudían a su mente imágenes perturbadoras. Mientras tanto, la otra mano se le iba acalambrando por el peso de la caja de herramientas que era parte de su equipo de trabajo.    
—¡Dale Flaco?, ¿qué carajo hacés parado ahí? ¿Vamo´a laburar o no vamo´a laburar? —le gritó el Gordo, y de un empujón lo metió en el escenario. La caja de herramientas se abrió al chocar contra el piso y saltaron cosas por todos lados. 
—Ahí, debe ser ahí —ordenó el Gordo, señalando un gran hueco irregular que había en el piso de madera.
El Flaco se levantó como pudo, juntó sus herramientas con las dos manos y después se acordó de que tenía la orden de trabajo en el bolsillo lateral de su pantalón de fajina. Sin soltar las herramientas, apretando el martillo, el serrucho, los destornilladores, el cepillo de carpintero bajo la axila, se fue inclinando lentamente con los dedos extendidos, hasta llegar a rozar apenas el papel en el que se les había anotado la orden de trabajo. Pero cuando quiso tomarla (haciendo pinza con los dedos índice y anular) se le escaparon las herramientas de abajo de la axila y fueron a chocar contra el piso, rebotando por todos lados. 
  El Gordo se puso furioso, se sacó el sombrero de bombín y empezó a pegarle con él al flaco en la cabeza y a correrlo por todo el escenario, esquivando al pasar el gran hueco irregular que había en el piso de madera.
—Es ahí, insistió el Gordo— señalando hacia el gran hueco irregular que había en el piso de madera que acabamos de mencionar.
—Una mesa­ —contestó el Flaco, mientras hacía girar ante sus ojos el papel donde estaba la orden de trabajo que había sacado del bolsillo lateral de su pantalón de fajina.— Una mesa con cuatro patas es lo que tenemos que hacer.
—¡¡Pero que mesa ni que mesa!! —explotó el Gordo, arrancándole el papel (en el que estaba anotada la orden de trabajo) de la mano y haciéndolo girar él mismo ante sus propios ojos—, ¡¡hay que tapar ese gran hueco irregular que está en el piso de madera, ahí…!!
—La orden de trabajo (la que acabo de sacar del bolsillo lateral de mi pantalón de fajina y en estos momentos estás haciendo girar ante tus propios ojos) dice “armar una mesa”.
—Tapar hueco.
—Armar mesa.
—Hueco.
—Mesa.
—Acá está bien claro —afirma el Gordo y le pone el papel al Flaco frente a los ojos (los del Flaco). Éste se acerca al papel, pero no ve nada.
En síntesis: el Gordo lo manda a encender las luces de un empujón. El Flaco se acerca al tablero eléctrico y trata de mover la única palanca que hay a la vista. Se cuelga de la palanca pero no la mueve. El Gordo de acerca dando grandes zancadas. Se cuelga él también de la palanca. No pasa nada. Se vuelven a colgar de la palanca. Nada. Se cuelgan. Nada. Cuelgan. Nada. Cuelgan. Nada. Cuelgan.
La palanca baja y se encienden dos reflectores: uno ilumina el gran hueco irregular que hay en el piso de madera, y el otro ilumina una tabla y cuatro patas que alguien ha dejado ahí para poder armar una mesa.
Cada cual, entonces, se aboca a su trabajo: el Gordo pretende tomar la tabla, los clavos, el serrucho y el martillo para reparar el gran hueco irregular que hay en el piso de madera; mientras el Flaco pretende tomar la tabla, los clavos, el serrucho y el martillo para armar una mesa (tal como está indicado en la orden de trabajo que tenía en el bolsillo lateral de su pantalón de fajina). Se producen tironeos, discusiones, agresiones, malentendidos, incomunicaciones, desfasajes y caprichos, de manera que la obra se ve circunstancialmente demorada.

El desenlace llega cuando el Gordo se arroja con toda su humanidad encima del Flaco, lo toma del cuello y (serrucho en mano) le explica que está dispuesto a cortarle la cabeza. El Flaco se escabulle, trata de escapar, grita, y finalmente se trepa a una soga que cuelga junto a la felpa roja de suavidad cautivante.

Cae el telón.

sábado, 11 de febrero de 2017

La última palabra




La última palabra siempre la tengo que tener yo.
Vos podés decir lo que quieras (no te lo discuto, y voy a respetar tu manera de pensar y expresarte), pero la última palabra, ésa, a la larga, siempre la termino diciendo yo.
No es que crea, como hacen algunos, que “el más importante de todos soy yo”.
No, no vayas a pensar que eso es lo que, ahora, te estoy queriendo decir yo.
Digo, simplemente (y por favor no me cambien esto que es lo que estoy queriendo decir), que por un motivo o por otro las conversaciones en las que intervengo terminan, invariablemente, con algo que digo yo.
O sea que técnicamente, empíricamente, demostrablemente, en mis diálogos, al final, la última palabra es la que digo yo.
Es cierto también que la gente, en general, abandona las discusiones rápido porque se cansa, se aburre o deja de encontrarle un sentido a lo que se está diciendo, algo que jamás hago yo.
En mi opinión, sin embargo, la verdad la puede tener él, ella, ellos, tú, vosotros, nosotros, o tal vez incluso yo.

Con la experiencia que dan los años, he ido aprendiendo que no hay modo de escapar de esta realidad que estoy tratando de explicar, con todo respeto, yo.

lunes, 30 de enero de 2017

Nuevo ciclo del Taller de Narrativa
(en las modalidades presencial y a distancia)
Consultas a: marioaberardi@gmail.com