martes, 24 de julio de 2012

Licenciado



—¿Licenciado? —preguntó Thor, metiéndose de un trago en el garguero lo que quedaba del licor verde amarillento importado de Ganímedes para la ocasión.

—Licenciado —respondió Gullag, henchido de orgullo paterno, y exhaló un grueso eructo.

—¿Hijo?

—Hijo.

—¿Qué? —preguntó Astrid, la esposa de Thor, mientras mascaba un bocado gigante de plátanos amasados con salsa linfática.

—¿Qué? —preguntó a su vez Gullag, no se sabía a quién.

—¿Qué? —dijo también Ursulina, esposa de Gullag y madre del flamante licenciado. Y así estuvieron todos un buen rato, cacareando torpemente “qué, qué, qué, qué, qué, qué, qué…”, hasta que Gullag le metió tres sonoras cachetadas a su mujer y todos rieron y brindaron entrechocando los vasos de metal y cacheteándose con fuerza.

—¿Qué licenciado? —lanzó por fin Astrid.

—Licenciado lengua —aclaró Gullag— ¡Lengua!

En todo el salón se hizo un incómodo silencio, hasta la música tecno-tribal pareció vacilar en su ritmo palpitante. Los invitados se miraron con estupor, los ojos perdidos, las bocas babeantes, las manos crispadas.

—Licenciado lengua… —repitió Ursulina, y se concentró con gran fuerza en completar la idea—… y… y… lengua y… lengua y… ¡habla!...

El estupor fue aún mayor, pero Gullag, hombre inteligente a pesar de todo, intervino rápidamente:

—¡¡Habla!! —repitió—. Habla, hijo…

El hijo, que hasta ahí se había mantenido callado en un rincón, viendo las caras de los invitados que oscilaban ya entre la decepción y la furia, no tuvo más remedio que ponerse de pie y animarse a decir lo suyo. Después de todo, la fiesta se había convocado en su honor, era el festejo de su graduación universitaria, el primero en años para toda la tribu. Aclaró entonces la voz con sutiles movimientos internos de garganta, tal como había aprendido en la Universidad, y lanzó su discurso de agradecimiento en un tono increíblemente musical:

—En efecto, como mis padres han dicho, hoy me he graduado. Soy ahora Licenciado en Lengua y Habla. Mi título me habilita para modular todos los sonidos de la lengua castellana, comprender los significados de las palabras pronunciadas por mis colegas y comunicarme con ellos por este medio. Les agradezco que hayan venido a felicitarme y a congratularse conmigo.

Ni bien el joven concluyó su discurso, la sala entera estalló en un alborozado griterío y otras muestras inequívocas de alegría, tales como los tradicionales cachetazos en la cara, los escupitajos direccionados, los gritos guturales y los restregones de bocaditos de carne por todo el cuerpo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario