Un pequeño adelanto de El corazón del desierto":
"Venir de la nada, de un mundo en blanco. Abrir los ojos y encontrarse en la ruta desierta. Otra nada. El viejo auto suelta un humo gris y hace unos ruidos raros, quién sabe desde cuándo. Y enseguida, el motor en silencio, el auto detenido y los ojos del viajero clavados en el horizonte.
El paisaje es el de siempre: después de la primera lomada, allá adelante, la ruta ondula varias veces en línea recta, partiendo a la estepa patagónica en dos mitades exactas. Sin saber qué cosa debería pensar, el hombre quita las manos del volante y desciende del vehículo. Lo envuelve un silencio abrumador, la inmensa pradera reseca se extiende indiferente por todas partes.
“Reserva de recursos estratégicos, el futuro de la Humanidad”, se dice a sí mismo mientras se calza al hombro la pequeña mochila verde y se larga a caminar por el borde del asfalto, a paso firme. No vale la pena mirar atrás, porque atrás no hay nada. Ni autos, ni paisanos a caballo, ni un loco que pase caminando. A lo sumo (se da cuenta ahora) una bandada de cotorras en vuelo hacia el sur, quebrando el espesor del silencio con sus gritos destemplados.
En el auto han quedado, desordenados y bañados por una capa de polvo, todos los bolsos, paquetes y cajas que él mismo pudo cargar, a las apuradas, la noche en que abandonó la ciudad como un fugitivo."
lunes, 24 de agosto de 2015
viernes, 20 de marzo de 2015
Esos mundos
Actualizo el listado de librerías donde se puede comprar mi libro “Esos mundos” (cuentos), ante consultas de personas que no viven en la ciudad de Buenos Aires:
1) (ventas por Internet) http://lavacamariposalibros.com/2015/03/27/esos-mundos/
2) Libros de la Arena (Güemes 2717, Güemas 3198, Constitución 5071, Alem 3989, Rivadavia 27249 - MAR DEL PLATA)
3) Rayuela (calle 44 entre 6 y Plaza Italia; LA PLATA)
4) La Campana (calle 7 N°1288; LA PLATA)
5) Librería Ramos (Mitre 581; QUILMES)
6) Boutique del libro (Chacabuco 459; SAN ISIDRO)
7) La cueva (Arias 2354; CASTELAR)
8) De Avila (Alsina 500, Buenos Aires)
9) Santa Fe (Callao 335, Buenos Aires)
10) Hernández (Corrientes 1436, Buenos Aires)
11) De la Mancha (Corrientes 1888, Buenos Aires)
12) Rincón del Anticuario (Junín 1270, Buenos Aires)
13) Obel Libros (Corrientes 1230, Buenos Aires)
14) Antígona (Corrientes 1543, Buenos Aires)
15) La Comarca (Coronel Díaz 1492, Buenos Aires)
16) Arcadia (Marcelo T.de Alvear 1548, Buenos Aires)
17) La Porteña (Juramento 1705, Buenos Aires)
18) La gata y la luna (Manuela Pedraza 2365, Buenos Aires)
19) Daín Usina Cultural (Thames y Nicaragua, Buenos Aires)
20) Eterna Cadencia (Honduras 5582, Buenos Aires)
21) Crack-up (Costa Rica 4767, Buenos Aires)
22) Paidós del Fondo (Santa Fe 1685, Buenos Aires)
23) La Cueva (Avda.de Mayo 1127, Buenos Aires)
24) Los Confines (Bucarelli 2217, Buenos Aires)
sábado, 6 de julio de 2013
El otro mundo
Hay un sitio que suelo frecuentar. Es mi casa, pero no es mi casa. Podría decirse que es algo así como el “doble” de un departamento en el que yo viví, hace unos años. Voy a tratar de explicarlo: está en el mismo edificio pero más allá, bastante más allá. Si yo estuviera en el departamento en que una vez viví (y nunca estoy en ese lugar) tendría que caminar bastante para llegar a éste otro en el que sí aparezco seguido. Atravesar esos pasillos amarillentos, mal revocados. Bajar las escaleras y cruzar al otro cuerpo del edificio, y después al otro, y al siguiente (siempre hay bastantes más cuerpos que los que tendría que haber en realidad). El edificio es el mismo que es, pero infinitamente más grande, e incluso hay un par de negocios que nunca estuvieron ahí, y una desierta avenida nocturna que debo haber conocido en otra parte.
El
departamento casi no tiene muebles y yo estoy ahí esperando, no se sabe qué. O
me escondo de algo. Hay un colchón con unas mantas sucias, y ahí estoy yo, en
silencio. Los vecinos no me conocen. Me saludan pero no me conocen, porque
saben que ese departamento está desocupado. Una vez había un ascensor y quise
bajar en él pero se quedó atascado, y entonces llegué a la planta baja por la
escalera, como siempre.
A veces salgo a caminar por los pasillos y por los patios exteriores. En algún momento comprendo que me encuentro cerca del que hace unos años fue mi departamento, por esa zona los vecinos me conocen. Después me voy un par de cuadras para el lado del parque. Generalmente está nublado, pero al llegar al parque siempre es de noche.
A veces salgo a caminar por los pasillos y por los patios exteriores. En algún momento comprendo que me encuentro cerca del que hace unos años fue mi departamento, por esa zona los vecinos me conocen. Después me voy un par de cuadras para el lado del parque. Generalmente está nublado, pero al llegar al parque siempre es de noche.
Hay
también otros sitios en los que suelo estar. Como la casa en la que veraneaba
en la playa con mi familia, cuando era niño. La casa está en construcción y
siempre tengo que ayudar en algún trabajo, así que nunca llego a ver el mar. Otras veces estoy en una habitación anónima, que lo único que tiene es un placard
que de ninguna manera debo abrir. O en la quinta en la que mi abuelo plantaba
tomates y habas. En esos casos, siempre está presente mi abuelo, dándole de
comer a las gallinas. Precisamente, me han dicho que yo tengo que matar una
gallina ese día, pero tiemblo de solo pensarlo. Otro lugar que frecuento es la
terminal de una línea de colectivos, donde espero largamente que alguien me
explique qué recorrido debo hacer, en mi primer día de trabajo como chofer.
Está
claro que, cotidianamente, con la salida del sol, me veo obligado a abandonar
estos sitios y pasar al otro mundo, donde las actividades son casi siempre las
mismas: cepillarme los dientes, llevar los chicos a la escuela, desayunar
apurado, meterme en el subte repleto de gente para llegar a tiempo a la
oficina. Ese tipo de cosas. Lo peor siempre son las mañanas, porque tengo que sacudirme
de encima las voces y las sombras que se han venido conmigo. A lo largo del día,
también, es mi obligación alimentar mi cuerpo, mis ojos y mi piel para hacer posible el regreso
nocturno.
miércoles, 27 de marzo de 2013
El archivista
La tendencia al orden era una inclinación que le venía de lejos. Desde muy niño, las clasificaciones le fascinaban. Así fue que dedicó largas horas a la confección de listados y esquemas, de esos que pretenden agotar las posibilidades combinatorias de cada fenómeno o situación. Mientras los chicos de su edad pasaban las tardes pateando una pelota o trepándose a los árboles, él jugaba a los inventarios. Calladito en un rincón, redactaba prolijas listas en las que con paciencia enumeraba, ordenaba y jerarquizaba las tazas de la cocina, los remedios, los corchos, tapitas, calzoncillos, medias y camisetas. Y también, por supuesto, los libros de la biblioteca.
Con los años, su inquietud compulsiva por la notación y el ordenamiento no disminuyó. A lo sumo, se fue diversificando. A medida que las hormonas le alborotaban la sangre, la curiosidad lo llevó a preguntarse por los extraños cambios que se operaban en su cuerpo. Abrió entonces un registro de las propias sensaciones, percepciones, cambios corporales y fantasías eróticas. Poco después pasó a redactar listados de amantes imaginarias y de posiciones sexuales, extraídas todas de sus propias experiencias masturbatorias. Como le resultaba difícil conseguir publicaciones que aportaran más datos sobre el asunto, se empezó a aburrir de estos devaneos y tomó la valiente decisión de buscarse una novia de verdad.
Así fue que, para el día en que cumplió veinte años, el bibliorato etiquetado con el rótulo Novias contaba ya con la inscripción de ciento treinta y cuatro ejemplares. El mismo día cerró ese libro. Después de releer, a vuelo de pájaro, algunos indicadores de las categorías pacientemente consignadas (preferencias, especialidades, tamaño del busto, perversiones, tipos de caricias, color de ojos, olores, etc.) cerró el bibliorato, lo ató con un cordel y lo fue a guardar en los estantes de la sala, junto a los archivos anteriores. Algo había cambiado. Los años, quizás. La madurez. El momento de sentar cabeza había llegado.
En los siguientes años el hombre se abocó, básicamente, a casarse y tener hijos. Y abrió, claro, nuevos libros de archivo en cuyas hojas iba completando, con cuidado de coleccionista, los datos significativos de sus dieciocho esposas sucesivas. Y de los treinta y siete hijos que terminó engendrando. En esos libracos asentaba cada similitud o diferencia en la confrontación de madres e hijos con las vicisitudes de la vida cotidiana. Tan monumental tarea se vio bruscamente interrumpida porque el hombre tuvo que a abandonar, de urgencia, su hogar constituido. Acuciado por las demandas de sus ex esposas, quienes le reclamaban cuotas alimentarias y otras deudas, el hombre huyó. Cargado con cajas y cajas de fichas, carpetas, libros contables y biblioratos se perdió en las brumas de la indiferencia que inundan los arrabales de cualquier ciudad.
Allí, mateando bajo un puente húmedo, en horas de cavilaciones que lo transfiguraron en una suerte de monje apóstata, se dio a la nostalgia y se hundió en profundidades místicas. Pero no abandonó sus costumbres: al final de cada día, invariablemente, sin apelar al papel ni a ninguna otra ayuda para la memoria, recordaba, interpretaba y ordenaba los distintos “momentos” que habían acontecido en esa mañana, esa tarde, esa noche. Momentos silenciosos, simples, insignificantes. Al día siguiente repetía la operación, y superponía luego los datos obtenidos con los del día anterior, y así hasta cumplir diez días, momento en el cual abría una clasificación comparada y genérica de la totalidad de los instantes percibidos. Esta tarea mental, rigurosa y áspera, perduró cierto tiempo pero finalmente se agotó por sí misma, de pura intrascendencia.
El hombre salió, entonces, de su ostracismo y regresó a la vida civil, con energías renovadas y una lucidez sorprendente. En cuestión de meses parecía otro: su economía no dejaba de mejorar. Ganó plata, se vistió en las mejores tiendas, compró propiedades, comió en restaurantes de lujo, acopió cada objeto que le resultaba al menos un poco interesante. Sin embargo, el mayor placer, para él, seguía estando en la dulce compulsión que lo llevaba a ordenar sus numerosos bienes en archivos digitales y bases de datos, más que en el deseo satisfecho de conseguir objetos y propiedades. Clasificó, entonces, la vida entera de hombres y mujeres que dependían de sus caprichos. Clasificó campos, ríos, montañas, glaciares que de algún modo le pertenecían. Y, cuando apenas si había comenzado con las fábricas y los edificios, una extraña enfermedad lo llevó directo a la sala de terapia intensiva del hospital más cercano. Una semana después el hombre falleció.
Los médicos no llegaron a diagnosticar los orígenes concretos de su súbito mal. La muerte del paciente los sorprendió discutiendo acerca de anemias, disfunciones medulares, intoxicaciones exóticas o fallas genéticas.
Ante semejante desconcierto, el archivista del hospital, un auxiliar joven y despreocupado, intentó en vano encontrar un sitio acorde para la historia clínica del paciente. Después de probar, sin mayor suerte, en el sector de “enfermedades raras”, con sus siete mil categorías, prefirió cortar por los sano y arrojó la carpeta por el hueco del incinerador.
Como nadie reclamó el cuerpo, nuestro hombre terminó en una fosa compartida, bajo la denominación “NN”. Una verdadera vergüenza.
lunes, 7 de enero de 2013
Direcciones
La Estación Central queda, como es natural, justo en el centro de la ciudad. Desde allí uno puede escoger el destino que quiera para sus viajes, si tiene la paciencia y la habilidad de encontrar el punto de embarque. Por ejemplo: puede tomar un tren hacia el sur, que sale ya cargado de mochileros, mantas araucanas y grandes cantidades de polvo del camino. O tomar un tren hacia el norte, repleto de indiecitas taciturnas, gallinas y coplas al viento.
Hay también servicios de lujo, como ese crucero que promete recorrer los mares del deseo y la alegría, a bordo de una ciudad flotante que repite calle a calle y beso a beso los designios de la ciudad de afuera.
O, para los más humildes, alquiler de bicicletas que se pagan sólo en caso de que el cliente encuentre un día la felicidad.
Para las que se enamoran de su prójimo, hay viajes iniciáticos que incluyen indignaciones, asombros y encuentros casuales con hermosos revolucionarios justo en medio del monte. Y para los que aman lo natural, sendas arboladas que llegan al otro extremo del planeta.
En las terrazas, miles de aviones parten hacia otros cielos, y se ofrecen naves del futuro para los viajeros de largo aliento. Allí pueden encontrarse los mejores bares, las mujeres más hermosas y los menjunjes más repugnantes.
En algún sitio de la Estación, que me parece que no es siempre el mismo pero que queda también para el lado de arriba, existe un servicio de viajes espirituales para quienes buscan elevarse y alivianarse en vida. Desde allí puede uno dejarse llevar hacia alturas inconcebibles, de la mano de los mejores poetas. Y hay además, por debajo del quinto subsuelo, un servicio para quienes prefieren dejarse hundir en los abismos más siniestros, de la mano de los mejores poetas.
Para los amantes de historias viajeras, existe una oficina de transbordos literarios, que une la Estación central con la estación veraniega, y de allí a la vera de la lengua, que alcanza la estancia en el centro de las ansias y la transita mas no la niega.
Los viajes interiores corren por cuenta de cada quien, siempre y cuando se esté en condiciones de encontrar los rumbos para entrarse y salirse.
El hall central está atiborrado de viajeros en busca de sus trasportes, de sus centros o tal vez de quien los ayude a tomar las decisiones correctas. No es para menos: se parte de allí en todas las direcciones, a la derecha y a la izquierda, al frente y al contra-frente, al futuro y la retaguardia, al heroísmo y la nostalgia. Hay quienes viajan en busca de amores perdidos, quienes lo hacen solo por moverse un poco, quienes no paran de viajar de destino en destino. La mayoría de los viajeros, a decir verdad, se demoran una eternidad en los laberintos de la terminal, paralizados por la infinitud de destinos que la misma ofrece.
Incluso, por lo que sé, hay un servicio que lleva directo a la muerte, en un viaje inmóvil, opaco y silencioso, aunque por razones de decoro nunca se anuncia su partida.
martes, 24 de julio de 2012
Licenciado
—¿Licenciado? —preguntó Thor, metiéndose en el garguero un trago del licor verde amarillento especialmente importado de Ganímedes para la ocasión.
—Licenciado —respondió Gullag, henchido de orgullo paterno, y enseguida exhaló un grueso eructo.
—¿Hijo?
—Hijo.
—¿Qué? —preguntó Astrid, la esposa de Thor, mientras mascaba un bocado gigante de plátanos amasados con salsa linfática.
—¿Qué? —preguntó a su vez Gullag, pero no se sabía a quién le preguntaba.
—¿Qué? —dijo también Ursulina, esposa de Gullag y madre del flamante licenciado. Y así estuvieron todos un buen rato, cacareando torpemente “qué, qué, qué, qué, qué, qué, qué…”, hasta que Gullag le metió tres sonoras cachetadas a su mujer y todos rieron y brindaron entrechocando los vasos de metal y cacheteándose con fuerza.
—¿Qué licenciado? —lanzó por fin Astrid.
—Licenciado lengua —aclaró Gullag— ¡Lengua!
En todo el salón se hizo un incómodo silencio, hasta la música tecno-tribal pareció vacilar en su ritmo palpitante. Los invitados se miraron con estupor, los ojos perdidos, las bocas chorreando babas, las manos crispadas.
—Licenciado lengua… —repitió Ursulina, y se concentró con gran toda su fuerza para tratar de completar la idea—… y
… y… lengua y… lengua y… ¡habla!...
… y… lengua y… lengua y… ¡habla!...
El estupor creció. Entonces fue que Gullag, hombre inteligente a pesar de todo, intervino rápidamente:
—¡¡Habla!! —insistió Gullag—. Habla, hijo…
El hijo, que hasta ahí se había mantenido callado en un rincón, viendo que las caras de los invitados oscilaban entre la decepción y la furia, no tuvo más remedio que ponerse de pie y animarse a decir lo suyo. Después de todo, la fiesta se había convocado en su honor. Era el festejo de su graduación universitaria: el primer licenciado de toda la tribu. Así que aclaró la voz con sutiles movimientos internos de garganta, tal como había aprendido en la Universidad, y lanzó su discurso de agradecimiento en un tono increíblemente musical:
—En efecto, como mis padres han referido recién, hoy me he graduado. Soy ahora Licenciado en Lengua y Habla. Mi título me habilita para modular todos los sonidos de la lengua castellana, comprender los significados de las palabras pronunciadas por mis colegas y comunicarme con ellos por este medio. Les agradezco que hayan venido a felicitarme y a congratularse conmigo.
La sala entera estalló en un alborozado griterío y en otras muestras inequívocas de alegría, tales como los tradicionales cachetazos en la cara, los escupitajos direccionados, los gritos guturales y los restregones de bocaditos de carne por todo el cuerpo.
lunes, 23 de julio de 2012
La insignificante vida del Dr. Googlesmith
Hans Ruppert Googlesmith fue un catedrático de profusa formación académica, costumbres liberales y carácter fluctuante. Una vez graduado en ciencias biológicas básicas y doctorado en física, su vida se desbarrancó en una sucesión de oscuros y olvidables días, de lecturas eclécticas y experimentos no convencionales. Por lo poco que se sabe, se dedicó a investigar la regularidad con que las gallinas giran en redondo antes de picotear un grano de maíz, y a intentar determinar una fórmula capaz de expresar, fehacientemente, el peso total del universo en su conjunto. En los ratos libres, Googlesmith solía corretear muchachas campesinas, empleadas domésticas o débiles mentales, a quienes invariablemente declaraba su amor para llevarlas a la cama, y a quienes luego echaba sin contemplaciones ni saludos, apenas desahogadas sus pasiones. Los domingos asistía calladamente a misa, y luego se encerraba en su rústico laboratorio a estudiar las posibilidades teóricas de hacer viajes en el tiempo.
Googlesmith permaneció unos diez años en la misma casa de campo, hasta el día en que desapareció para siempre, apagando la estela de una vida completamente desperdiciada. Los pocos colegas que lo trataron difieren en las noticias que nos entregan: para algunos se trató de un biólogo bastante competente, para otros de un físico notable, aunque incapaz de realizar cualquier acto de un mínimo valor. Un tercer grupo reconoce que las intersecciones que Googlesmith proponía entre ambas ciencias podrían tener algún interés en el futuro.
Luego de su desaparición, un empleado de maestranza de la Universidad se presentó en su domicilio y recogió todo objeto que le pareció de algún valor: dos sillas, una máquina que servía para alimentar a las gallinas a intervalos regulares y un colchón macilento. Se llevó también las gallinas que quedaban vivas y enterró a las muertas, pero dejó abandonada en el cobertizo una extraña máquina formada por cables delgadísimos, placas con sutiles dibujos y calendarios móviles. Los pocos papeles que encontró (y que las gallinas no habían aún picoteado) los quemó en la chimenea, ya que sólo contenían frases incomprensibles: “todo lo que traje del futuro”, leyó el hombre antes de encender la cerilla, “puede ser experimentado en el pasado”. Y en otro papelito picoteado: “Palestina, viaje atrás de casi 1.900 años. Pude probar con éxito el método de “fertilización asistida” con una muchacha ignorante. En el pueblo se armó un gran revuelo y tuve que huir al futuro. Caí a fines del siglo XX, donde puse en práctica las técnicas de búsqueda instantánea de palabras en las redes sociales. Verifiqué que la muchacha era a esa altura increíblemente célebre. Probé luego con otras palabras y funciona. Estoy pensando en llamar a este fenómeno…”. De allí en adelante no podía leerse más nada porque una gran cagada de gallina ocupaba el resto de la hoja. Impávido, el hombre hizo un rollo con el papel, lo acercó al fuego de la chimenea y lo usó para encender su pipa. Luego, se fue rápido a su casa, porque todavía tenía que entrar las vacas.
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