sábado, 11 de febrero de 2017

La última palabra




La última palabra siempre la tengo que tener yo.
Vos podés decir lo que quieras (no te lo discuto, y voy a respetar tu manera de pensar y expresarte), pero la última palabra, ésa, a la larga, siempre la termino diciendo yo.
No es que crea, como hacen algunos, que “el más importante de todos soy yo”.
No, no vayas a pensar que eso es lo que, ahora, te estoy queriendo decir yo.
Digo, simplemente (y por favor no me cambien esto que es lo que estoy queriendo decir), que por un motivo o por otro las conversaciones en las que intervengo terminan, invariablemente, con algo que digo yo.
O sea que técnicamente, empíricamente, demostrablemente, en mis diálogos, al final, la última palabra es la que digo yo.
Es cierto también que la gente, en general, abandona las discusiones rápido porque se cansa, se aburre o deja de encontrarle un sentido a lo que se está diciendo, algo que jamás hago yo.
En mi opinión, sin embargo, la verdad la puede tener él, ella, ellos, tú, vosotros, nosotros, o tal vez incluso yo.

Con la experiencia que dan los años, he ido aprendiendo que no hay modo de escapar de esta realidad que estoy tratando de explicar, con todo respeto, yo.

domingo, 13 de diciembre de 2015

José Luis Costanzo reseña "Esos Mundos"




Gracias a Qu Literatura tuve la fortuna de conocer a un autor memorable: Mario Alberto Berardi. Parece que nació (salvo que sea otra trama de la ficción) en la Provincia de Buenos Aires, más precisamente en Morón, que es la tierra de los Dabove.
La revista incluye un cuento singular, “Casualidades”, cuyo hilo conductor parece sinuoso y que abarca países, nacionalidades y tiempos disímiles. El lector va siguiendo el desarrollo, minuciosamente urdido, y anticipa desenlaces imaginarios que no se cumplen. Esta es una de las virtudes del autor, que nos va llevando por derroteros ficticios y que uno termina por aceptar como naturales. Las vertientes van confluyendo simétricamente hacia un final que no conviene revelar pero que dejará la sensación de que se ingresa con asombro en otro mundo.
“Esos mundos” (Ediciones Las ruinas circulares, Colección Torre de Babel, prismas de claros reflejos borgeanos), es el título elegido por el autor para reunir sus cuentos, que son fantásticos y muchas veces simultáneas ficciones científicas. “Habitación 307” es de naturaleza onírica pero también penetra en la entraña más íntima del oficio del escritor; un cuento tal vez perfecto, que al lector le será muy difícil olvidar. “Demasiado cine”, muy trabajado y con la solvencia de la dicción clásica, está escrito con un lenguaje plenamente cinematográfico. Uno puede ver, mientras lee, las escenas que se describen, y sentir la aceleración de los ritmos, el vértigo de la velocidad, las cambiantes modulaciones. El autor es un experto en cinematografía y aquí lo demuestra de un modo palmario.
“El archivista”, “La insignificante vida del Dr. Googlesmith”, “El otro mundo” son otros ejemplos de una misma atmósfera, aunque cada uno difiera en su abordaje y en su tema (“Extraña muerte en la vereda” parece policial, hasta que advertimos, de súbito, la presencia de lo fantástico) para ser por completo distintos. La neurociencia, los fenómenos de la memoria, las percepciones del tiempo, forman parte de varias narraciones.
La lectura del libro deja un agradable extrañamiento, como si uno se hubiese asomado con candor a esos otros mundos que perduran en él y los hubiera descubierto por sí mismo. Deja además el regusto de querer regresar e indagar en qué instante se produce el vuelco que lo desconcierta.
Uno de sus mayores méritos reside en que está muy bien escrito, algo infrecuente en los libros recientes que llegan a nuestras manos.

José Luis Costanzo
Librería "La calesita"
Av. de Mayo 762
Buenos Aires

lunes, 24 de agosto de 2015

El corazón del desierto (un pequeño avance)

Un pequeño adelanto de El corazón del desierto":

"Venir de la nada, de un mundo en blanco. Abrir los ojos y encontrarse en la ruta desierta. Otra nada. El viejo auto suelta un humo gris y hace unos ruidos raros, quién sabe desde cuándo. Y enseguida, el motor en silencio, el auto detenido y los ojos del viajero clavados en el horizonte.
El paisaje es el de siempre: después de la primera lomada, allá adelante, la ruta ondula varias veces en línea recta, partiendo a la estepa patagónica en dos mitades exactas. Sin saber qué cosa debería pensar, el hombre quita las manos del volante y desciende del vehículo. Lo envuelve un silencio abrumador, la inmensa pradera reseca se extiende indiferente por todas partes.
“Reserva de recursos estratégicos, el futuro de la Humanidad”, se dice a sí mismo mientras se calza al hombro la pequeña mochila verde y se larga a caminar por el borde del asfalto, a paso firme. No vale la pena mirar atrás, porque atrás no hay nada. Ni autos, ni paisanos a caballo, ni un loco que pase caminando. A lo sumo (se da cuenta ahora) una bandada de cotorras en vuelo hacia el sur, quebrando el espesor del silencio con sus gritos destemplados.
En el auto han quedado, desordenados y bañados por una capa de polvo, todos los bolsos, paquetes y cajas que él mismo pudo cargar, a las apuradas, la noche en que abandonó la ciudad como un fugitivo."


viernes, 20 de marzo de 2015

Esos mundos


Actualizo el listado de librerías donde se puede comprar mi libro “Esos mundos” (cuentos), ante consultas de personas que no viven en la ciudad de Buenos Aires:

1) (ventas por Internet) http://lavacamariposalibros.com/2015/03/27/esos-mundos/

2) Libros de la Arena (Güemes 2717, Güemas 3198, Constitución 5071, Alem 3989, Rivadavia 27249 - MAR DEL PLATA)

3) Rayuela (calle 44 entre 6 y Plaza Italia; LA PLATA)
4) La Campana (calle 7 N°1288; LA PLATA)

5) Librería Ramos (Mitre 581; QUILMES)
6) Boutique del libro (Chacabuco 459; SAN ISIDRO)
7) La cueva (Arias 2354; CASTELAR)

8) De Avila (Alsina 500, Buenos Aires)
9) Santa Fe (Callao 335, Buenos Aires)
10) Hernández (Corrientes 1436, Buenos Aires)
11) De la Mancha (Corrientes 1888, Buenos Aires)
12) Rincón del Anticuario (Junín 1270, Buenos Aires)
13) Obel Libros (Corrientes 1230, Buenos Aires)
14) Antígona (Corrientes 1543, Buenos Aires)
15) La Comarca (Coronel Díaz 1492, Buenos Aires)
16) Arcadia (Marcelo T.de Alvear 1548, Buenos Aires)
17) La Porteña (Juramento 1705, Buenos Aires)
18) La gata y la luna (Manuela Pedraza 2365, Buenos Aires)
19) Daín Usina Cultural (Thames y Nicaragua, Buenos Aires)
20) Eterna Cadencia (Honduras 5582, Buenos Aires)
21) Crack-up (Costa Rica 4767, Buenos Aires)
22) Paidós del Fondo (Santa Fe 1685, Buenos Aires)
23) La Cueva (Avda.de Mayo 1127, Buenos Aires)
24) Los Confines (Bucarelli 2217, Buenos Aires)

sábado, 6 de julio de 2013

El otro mundo


Hay un sitio que suelo frecuentar. Es mi casa, pero no es mi casa. Podría decirse que es algo así como el “doble” de un departamento en el que yo viví, hace unos años. Voy a tratar de explicarlo: está en el mismo edificio pero más allá, bastante más allá. Si yo estuviera en el departamento en que una vez viví (y nunca estoy en ese lugar) tendría que caminar bastante para llegar a éste otro en el que sí aparezco seguido. Atravesar esos pasillos amarillentos, mal revocados. Bajar las escaleras y cruzar al otro cuerpo del edificio, y después al otro, y al siguiente (siempre hay bastantes más cuerpos que los que tendría que haber en realidad). El edificio es el mismo que es, pero infinitamente más grande, e incluso hay un par de negocios que nunca estuvieron ahí, y una desierta avenida nocturna que debo haber conocido en otra parte.
El departamento casi no tiene muebles y yo estoy ahí esperando, no se sabe qué. O me escondo de algo. Hay un colchón con unas mantas sucias, y ahí estoy yo, en silencio. Los vecinos no me conocen. Me saludan pero no me conocen, porque saben que ese departamento está desocupado. Una vez había un ascensor y quise bajar en él pero se quedó atascado, y entonces llegué a la planta baja por la escalera, como siempre.
A veces salgo a caminar por los pasillos y por los patios exteriores. En algún momento comprendo que me encuentro cerca del que hace unos años fue mi departamento, por esa zona los vecinos me conocen. Después me voy un par de cuadras para el lado del parque. Generalmente está nublado, pero al llegar al parque siempre es de noche.
Hay también otros sitios en los que suelo estar. Como la casa en la que veraneaba en la playa con mi familia, cuando era niño. La casa está en construcción y siempre tengo que ayudar en algún trabajo, así que nunca llego a ver el mar. Otras veces estoy en una habitación anónima, que lo único que tiene es un placard que de ninguna manera debo abrir. O en la quinta en la que mi abuelo plantaba tomates y habas. En esos casos, siempre está presente mi abuelo, dándole de comer a las gallinas. Precisamente, me han dicho que yo tengo que matar una gallina ese día, pero tiemblo de solo pensarlo. Otro lugar que frecuento es la terminal de una línea de colectivos, donde espero largamente que alguien me explique qué recorrido debo hacer, en mi primer día de trabajo como chofer.

Está claro que, cotidianamente, con la salida del sol, me veo obligado a abandonar estos sitios y pasar al otro mundo, donde las actividades son casi siempre las mismas: cepillarme los dientes, llevar los chicos a la escuela, desayunar apurado, meterme en el subte repleto de gente para llegar a tiempo a la oficina. Ese tipo de cosas. Lo peor siempre son las mañanas, porque tengo que sacudirme de encima las voces y las sombras que se han venido conmigo. A lo largo del día, también, es mi obligación alimentar mi cuerpo, mis ojos y mi piel para hacer posible el regreso nocturno. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

El archivista


La tendencia al orden era una inclinación que le venía de lejos. Desde muy niño, las clasificaciones le fascinaban. Así fue que dedicó largas horas a la confección de listados y esquemas, de esos que pretenden agotar las posibilidades combinatorias de cada fenómeno o situación. Mientras los chicos de su edad pasaban las tardes pateando una pelota o trepándose a los árboles, él jugaba a los inventarios. Calladito en un rincón, redactaba prolijas listas en las que con paciencia enumeraba, ordenaba y jerarquizaba las tazas de la cocina, los remedios, los corchos, tapitas, calzoncillos, medias y camisetas. Y también, por supuesto, los libros de la biblioteca.

Con los años, su inquietud compulsiva por la notación y el ordenamiento no disminuyó. A lo sumo, se fue diversificando. A medida que las hormonas le alborotaban la sangre, la curiosidad lo llevó a preguntarse por los extraños cambios que se operaban en su cuerpo. Abrió entonces un registro de las propias sensaciones, percepciones, cambios corporales y fantasías eróticas. Poco después pasó a redactar listados de amantes imaginarias y de posiciones sexuales, extraídas todas de sus propias experiencias masturbatorias. Como le resultaba difícil conseguir publicaciones que aportaran más datos sobre el asunto, se empezó a aburrir de estos devaneos y tomó la valiente decisión de buscarse una novia de verdad.

Así fue que, para el día en que cumplió veinte años, el bibliorato etiquetado con el rótulo Novias contaba ya con la inscripción de ciento treinta y cuatro ejemplares. El mismo día cerró ese libro. Después de releer, a vuelo de pájaro, algunos indicadores de las categorías pacientemente consignadas (preferencias, especialidades, tamaño del busto, perversiones, tipos de caricias, color de ojos, olores, etc.) cerró el bibliorato, lo ató con un cordel y lo fue a guardar en los estantes de la sala, junto a los archivos anteriores. Algo había cambiado. Los años, quizás. La madurez. El momento de sentar cabeza había llegado.

En los siguientes años el hombre se abocó, básicamente, a casarse y tener hijos. Y abrió, claro, nuevos libros de archivo en cuyas hojas iba completando, con cuidado de coleccionista, los datos significativos de sus dieciocho esposas sucesivas. Y de los treinta y siete hijos que terminó engendrando. En esos libracos asentaba cada similitud o diferencia en la confrontación de madres e hijos con las vicisitudes de la vida cotidiana. Tan monumental tarea se vio bruscamente interrumpida porque el hombre tuvo que a abandonar, de urgencia, su hogar constituido. Acuciado por las demandas de sus ex esposas, quienes le reclamaban cuotas alimentarias y otras deudas, el hombre huyó. Cargado con cajas y cajas de fichas, carpetas, libros contables y biblioratos se perdió en las brumas de la indiferencia que inundan los arrabales de cualquier ciudad.

Allí, mateando bajo un puente húmedo, en horas de cavilaciones que lo transfiguraron en una suerte de monje apóstata, se dio a la nostalgia y se hundió en profundidades místicas. Pero no abandonó sus costumbres: al final de cada día, invariablemente, sin apelar al papel ni a ninguna otra ayuda para la memoria, recordaba, interpretaba y ordenaba los distintos “momentos” que habían acontecido en esa mañana, esa tarde, esa noche. Momentos silenciosos, simples, insignificantes. Al día siguiente repetía la operación, y superponía luego los datos obtenidos con los del día anterior, y así hasta cumplir diez días, momento en el cual abría una clasificación comparada y genérica de la totalidad de los instantes percibidos. Esta tarea mental, rigurosa y áspera, perduró cierto tiempo pero finalmente se agotó por sí misma, de pura intrascendencia.

El hombre salió, entonces, de su ostracismo y regresó a la vida civil, con energías renovadas y una lucidez sorprendente. En cuestión de meses parecía otro: su economía no dejaba de mejorar. Ganó plata, se vistió en las mejores tiendas, compró propiedades, comió en restaurantes de lujo, acopió cada objeto que le resultaba al menos un poco interesante. Sin embargo, el mayor placer, para él, seguía estando en la dulce compulsión que lo llevaba a ordenar sus numerosos bienes en archivos digitales y bases de datos, más que en el deseo satisfecho de conseguir objetos y propiedades. Clasificó, entonces, la vida entera de hombres y mujeres que dependían de sus caprichos. Clasificó campos, ríos, montañas, glaciares que de algún modo le pertenecían. Y, cuando apenas si había comenzado con las fábricas y los edificios, una extraña enfermedad lo llevó directo a la sala de terapia intensiva del hospital más cercano. Una semana después el hombre falleció.

Los médicos no llegaron a diagnosticar los orígenes concretos de su súbito mal. La muerte del paciente los sorprendió discutiendo acerca de anemias, disfunciones medulares, intoxicaciones exóticas o fallas genéticas.

Ante semejante desconcierto, el archivista del hospital, un auxiliar joven y despreocupado, intentó en vano encontrar un sitio acorde para la historia clínica del paciente. Después de probar, sin mayor suerte, en el sector de “enfermedades raras”, con sus siete mil categorías, prefirió cortar por los sano y arrojó la carpeta por el hueco del incinerador.

Como nadie reclamó el cuerpo, nuestro hombre terminó en una fosa compartida, bajo la denominación “NN”. Una verdadera vergüenza.

lunes, 7 de enero de 2013

Direcciones


La Estación Central queda, como es natural, justo en el centro de la ciudad. Desde allí uno puede escoger el destino que quiera para sus viajes, si tiene la paciencia y la habilidad de encontrar el punto de embarque. Por ejemplo: puede tomar un tren hacia el sur, que sale ya cargado de mochileros, mantas araucanas y grandes cantidades de polvo del camino. O tomar un tren hacia el norte, repleto de indiecitas taciturnas, gallinas y coplas al viento.

Hay también servicios de lujo, como ese crucero que promete recorrer los mares del deseo y la alegría, a bordo de una ciudad flotante que repite calle a calle y beso a beso los designios de la ciudad de afuera.
O, para los más humildes, alquiler de bicicletas que se pagan sólo en caso de que el cliente encuentre un día la felicidad.
Para las que se enamoran de su prójimo, hay viajes iniciáticos que incluyen indignaciones, asombros y encuentros casuales con hermosos revolucionarios justo en medio del monte. Y para los que aman lo natural, sendas arboladas que llegan al otro extremo del planeta.

En las terrazas, miles de aviones parten hacia otros cielos, y se ofrecen naves del futuro para los viajeros de largo aliento. Allí pueden encontrarse los mejores bares, las mujeres más hermosas y los menjunjes más repugnantes.

En algún sitio de la Estación, que me parece que no es siempre el mismo pero que queda también para el lado de arriba, existe un servicio de viajes espirituales para quienes buscan elevarse y alivianarse en vida. Desde allí puede uno dejarse llevar hacia alturas inconcebibles, de la mano de los mejores poetas. Y hay además, por debajo del quinto subsuelo, un servicio para quienes prefieren dejarse hundir en los abismos más siniestros, de la mano de los mejores poetas.

Para los amantes de historias viajeras, existe una oficina de transbordos literarios, que une la Estación central con la estación veraniega, y de allí a la vera de la lengua, que alcanza la estancia en el centro de las ansias y la transita mas no la niega.

Los viajes interiores corren por cuenta de cada quien, siempre y cuando se esté en condiciones de encontrar los rumbos para entrarse y salirse.

El hall central está atiborrado de viajeros en busca de sus trasportes, de sus centros o tal vez de quien los ayude a tomar las decisiones correctas. No es para menos: se parte de allí en todas las direcciones, a la derecha y a la izquierda, al frente y al contra-frente, al futuro y la retaguardia, al heroísmo y la nostalgia. Hay quienes viajan en busca de amores perdidos, quienes lo hacen solo por moverse un poco, quienes no paran de viajar de destino en destino. La mayoría de los viajeros, a decir verdad, se demoran una eternidad en los laberintos de la terminal, paralizados por la infinitud de destinos que la misma ofrece.

Incluso, por lo que sé, hay un servicio que lleva directo a la muerte, en un viaje inmóvil, opaco y silencioso, aunque por razones de decoro nunca se anuncia su partida.