jueves, 3 de mayo de 2012

Autoayuda


—Hay que tener buena onda, quererse un poco más —le había dicho una vez a su amigo en desgracia—. Y ya verás cómo todo mejora.
Lo dijo solo por decir, por fraterna humanidad, pero todos se burlaron tanto de eso que al final se obstinó en creerlo realmente. Por esa causa, el día en que lo despidieron del empleo por inútil, se tomó la noticia con calma sabiduría:
—Yo soy valioso. Yo soy talentoso. Yo me quiero —le susurró entonces con un guiño a su imagen en el espejo. Y el día mismo del despido se lanzó a vender chucherías en los trenes, enfrentando cada jornada con envidiable optimismo. En un par de semanas estaba ya en la ruina más total, y su mujer lo había abandonado sin siquiera dignarse a saludarlo.
Volvió frente al espejo y, después de acariciarse largamente, se vistió, se perfumó, se sonrió y salió a la calle dispuesto a disfrutar de su nueva libertad. Esa mañana, encaró con seductora solvencia a más de treinta bellas mujeres, las que lo rechazaron sin contemplaciones, abrumadas por su masculina seguridad. Confundido, buscó a los viejos amigos, pero no tuvo con ellos mejor suerte.
—Ahora no puedo ayudarte —le decían—. Estoy ayudándome a mí mismo.
Murió en la calle, sólo en su indigencia, disfrutando de si mismo hasta el último aliento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario